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domingo, 16 de mayo de 2010

Impuesto de sangre

Cinco familias por cada tonelada:
mercancías en la balanza de hierro.
De este viejo óxido está hecha nuestra sangre,
sobrevenida en barranqueras de tristeza y de espanto.

Aún nos circula en las venas una marea oscura
en la que naufraga nuestra alma de esclavos:
fallecimos en la infancia sobre pupitres sucios
con las pesadas cadenas de una pedagogía perversa.

Muertos por dentro,
hemos perdido la facultad del habla,
atados como bultos en resignación y en silencio.
Con sus extrañas vestimentas, los sacerdotes
nos administraban la angustia en obleas de culpa.
Nuestras pobres esperanzas eran todas pecado
y el pulso vital en nuestros corazones
y en nuestros órganos sexuales
fue revestido de mentiras, de sacramentos,
de cíngulos, correajes, crucifijos, cálices.

Sin embargo, algo tenaz resistía en el fondo.
Una pulsión velaba entre la oscuridad y el miedo.
Un relámpago confuso que avisaba de que,
perdidos como estábamos,
pese a todo, éramos.
Una fiera libre y extraña al acecho
de los dueños del mundo, grises y crueles.

Y esperábamos.
Esperamos un soplo, un sonido, una flecha.
Aquello que nos aleje de la somnolencia y del insomnio.
Una señal que nos aparte del naufragio.
Una voz que espante el frío.
Algo que nos recupere cálidos y humanos.

Como fantasmas en una costa desolada,
esperamos a ser rescatados de la soledad y el olvido.
A veces escuchamos pasos.
O rumores de sal. O aromas de orgullo.
Tememos ser diezmados en nuestras madrigueras,
atraer la mirada de los poderosos.

Y contemplamos el mar
por dónde vino la desventura,
por dónde huimos en alas de espuma.
El mar que respiramos como el dolor
que sentimos en el pecho,
en las largas cicatrices de la espalda,
en nuestros sueños barridos por el viento.

Algunos de nosotros buscamos
un bálsamo de furia, una caricia.
Emergemos de la cárcel uniforme,
de la vida programada en códigos de barras,
de los registros escritos con tinta indeleble,
del túnel interminable de los títulos de propiedad,
de las actas notariales,
de los juzgados tenebrosos.

Tocados por el relámpago en esta noche
de relojes marchitos y leyes amargas,
crece en nosotros la insurrección y la duda,
la desconfianza hacia el poder y los semáforos.
Contemplamos las administraciones
con miradas de bayoneta,
con ojos de machete desenvainado,
con la ensoñación de un día diferente.

Y pagamos también nuestro impuesto de sangre,
nuestro tasa de pobreza,
nuestro tributo de desprecio,
la lucidez invencible de la verdad a secas.
En cada latido pagamos
el arrojo que nos fue arrebatado.
El coraje cercenado en el vientre materno.
El precio de una vida chocando contra el muro.

Pero nosotros golpeamos.
Una y otra vez golpeamos.
Aullamos. Lloramos. Persistimos.

Somos acero encarnado.
La decantación de la hemoglobina.
La primavera en espinas.
La sangre carmesí de los esclavos.
La ola que viene encendida.

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