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Mostrando entradas con la etiqueta política. Mostrar todas las entradas
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jueves, 26 de mayo de 2016

Mariana Pineda


¡Oh, Qué día tan triste en Granada,
que a las piedras hacía llorar
al ver que Marianita se muere
en cadalso por no declarar!

Marianita, sentada en su cuarto,
no paraba de considerar:
"Si Pedrosa me viera bordando
la bandera de la Libertad".

¡Oh, Qué día tan triste en Granada,
las campanas doblar y doblar!

Como lirio cortaron el lirio,
como rosa cortaron la flor,
como lirio cortaron el lirio,
mas hermosa su alma quedó.

¡Oh, Qué día tan triste en Granada,
que a las piedras hacía llorar!


[Romance popular recogido por Federico García Lorca en su obra Mariana Pineda]

[El 26 de mayo de 1831 la monarquía borbónica ejecutó a garrote vil a la joven viuda de 26 años, con dos hijos, por luchar por las libertades contra el absolutismo y por no delatar a sus compañeros]

sábado, 26 de marzo de 2016

Hora colonial

Este fin de semana, la metrópoli española, siguiendo las directivas de la UE, nos impone un cambio de horario que no tiene sentido alguno en nuestra latitud. Una medida que puede ahorrar energía en los países nórdicos, con pocas horas de luz al día, pero que es absurda en el paralelo 28.

Que anochezca a las nueve de la noche no supone ahorro alguno cuando la mayoría de los trabajadores han terminado su jornada antes. En cambio, ahora que ya llegábamos al trabajo con la luz del día, habrá que volver a encender las luces por la mañana. O sea que jeringamos nuestros biorritmos para nada.

Pasa lo mismo con el curso escolar. Agosto es el mes de más calor en Europa. En Canarias, en cambio, es septiembre, y casi octubre. Pero hay que ser "europeos", aunque nos asfixiemos. Es lo que tiene el colonialismo. Que asfixia.

sábado, 9 de enero de 2016

¡Ay, Marcelo!


Estimado Marcelo: Asegura el Ministro de Interior del Reino de España, Jorge Fernández Díaz –quién además nos ha revelado tu nombre– que eres su Ángel de la Guarda y que, en esa labor, fundamentalmente, le ayudas a aparcar su coche todos los días. A pesar de mi racionalismo impenitente, no me queda otra que creerle. O eso, o pensar que el ministro de la policía es un tipo que oye voces –“un poco más, un poco más, a la derecha… ahí” –.

Puede que haya gente descreída que piense que todo esto es un síntoma más que se suma al de condecorar imágenes de vírgenes por sus “méritos policiales” –y me imagino a la susodicha estatua de madera arremangándose las faldas y corriendo tras el ratero de turno al grito de “¡al ladrón, al ladrón!”.

Peores cosas hemos visto, y a mayores fenómenos paranormales hemos asistido. Por ejemplo, al presidente del gobierno español denominando su propia ley represiva como “Ley Mordaza”. Claro que, en el caso de Rajoy, todo son prodigios, encuentros en la tercera –o cuarta– fase o directamente milagros “marianos”, tal que su “don de lenguas”.

Pero, yendo al grano, lo que me preocupa es que alguien tan cualificado como un ángel –¡nada menos!– termine trabajando de “gorrilla” aparcacoches. Sé que los derechos laborales han sido liquidados por el gobierno, pero ¿te han hecho contrato, Marcelo? ¿Indefinido o temporal? ¿A jornada completa o por horas? Oye, que si hace falta montar un piquete de protesta, avisa. Aunque terminemos todos en la cárcel, que en España ese es el destino de los “protestantes”.

Estoy por recomendarte que cambies de patrón. Conozco miles de canarios y de españoles a los que les hace mucha más falta un “ángel de la guarda” que al señor ministro. Y no para que les aparques el coche, sino para que les ayudes a rebuscar comida en los contenedores de la basura. O un sitio donde cobijarse este invierno. Hombre –digo, ángel–, un poco más de trabajo sí que es, pero mal andamos si hasta las criaturas celestiales se me van a poner de parte de la oligarquía.

Tú mismo, Marcelo.

sábado, 12 de diciembre de 2015

En manos de la 'boliburguesía'


El proceso democrático popular en Venezuela ha estado dirigido y hegemonizado en todo momento por el sector nacionalista de la burguesía venezolana, enfrentado al sector oligárquico pro imperialista. La clase trabajadora venezolana se ha limitado a ser la tropa de choque de esa batalla. Porque, como ya explicaba nuestro nunca olvidado Pedro Brenes en 2008, lo de Venezuela ni ha sido una revolución ni ha sido socialista.

Por su propia naturaleza de clase, esa burguesía nacional –burguesía "bolivariana" o boliburguesía– no podía ir más allá de tomar medidas antiimperialistas y establecer reformas democráticas generales, sin atreverse a concebir verdaderas medidas socialistas. Cierto que el gobierno de la boliburguesía ha procedido a la recuperación de las empresas y los recursos naturales del país de manos de los monopolios extranjeros, pero no ha tocado nada que afecte a sus propios intereses. Se ha limitado a sustituir a la fracción de la burguesía intermediaria dependiente del imperialismo como clase dominante.

Como explicaba Pedro Brenes en el artículo citado, "puede que a la burguesía nacional venezolana le interese disfrazarse de revolucionaria y de socialista. Y es posible que a los representantes de los pequeños propietarios, los intelectuales y los burócratas, les venga bien engañar a la mayoría de los trabajadores asalariados con la patraña de la supuesta revolución socialista venezolana [...] Nosotros sólo reconocemos como socialista aquél proceso que sustituye en el Poder político a la clase burguesa dominante por la clase obrera sometida. Y ésto sólo es posible hacerlo por la fuerza, es decir, por vía revolucionaria, pues la propia burguesía opondrá una resistencia desesperada y violenta, a través del Estado, el ejército y la policía, para impedir su expropiación y el establecimiento de un nuevo Poder y un nuevo Estado obrero y popular, anticapitalista y verdaderamente socialista". 

Precisamente, ese carácter burgués del proceso venezolano, le ha impedido acabar con los ejes del poder de la burguesía pro imperialista, que ha conservado los bancos, las televisiones, la distribución de productos de primera necesidad, etc. Esto es, su núcleo duro de verdadero poder, amén de la financiación estadounidense. De esta manera ha podido librar una verdadera guerra económica y política implacable a todos los niveles contra la boliburguesía, cada vez más atrapada en sus propias limitaciones burocráticas e incapaz, por su propia naturaleza, de ir más allá.

Esta incapacidad histórica de la burguesía nacionalista ha supuesto, por un lado, que los trabajadores –carentes de una organización y una estrategia propias– desesperen de un gobierno que no termina de favorecer sus intereses y que es incapaz de garantizarle una mejora en sus condiciones laborales y de vida. Y, por otro, que una parte de la propia boliburguesía haya terminado pasándose, de forma más o menos abierta, a la burguesía intermediaria, con la esperanza de que la entrega a los intereses del imperialismo sirva para salvar sus negocios y garantizar beneficios. Bussines is bussines, al fin y al cabo.

Los trabajadores revolucionarios deberíamos sacar algunas conclusiones de todo este proceso:

1. La necesidad de mantener una organización propia, no "interclasista", que defina nuestra propia estrategia revolucionaria hacia el socialismo y nos permita disputar la hegemonía y la dirección de todo proceso democrático.

2. La necesidad de destruir el estado burgués y superar las limitaciones de la democracia burguesa (cuya esencia sigue siendo la dictadura de la burguesía), poniendo en pie, por la fuerza, un estado de nuevo tipo con todo el poder –sin restricciones– en manos de los trabajadores. Esto es, la dictadura democrático revolucionaria del proletariado.

[Nota aclaratoria: Tal y como desvelaron Marx y Lenin, todo estado es una dictadura, esto es, la violencia organizada en régimen de monopolio de una clase sobre otra. Esta dictadura puede adoptar diversas formas: autoritaria, fascista, democrático burguesa, etc. La dictadura del proletariado, esto es, el estado proletario, es históricamente la forma superior de democracia. No confundir con la dictadura burocrática del secretario general, presidente o mandamás de turno].

3. La necesidad de despojar a la burguesía de todas sus bases de poder económico, político y mediático, mediante la expropiación de bancos, monopolios, televisiones y medios de prensa, etc., de forma que no puedan volver a levantar cabeza.

En la lucha general contra la forma hegemónica del capitalismo en esta fase histórica, esto es, el imperialismo, la clase obrera puede y debe dotarse de alianzas con sectores de las burguesías antiimperialistas, desde Venezuela a Irán y desde Nicaragua a Argentina, pero no alistarse a sus órdenes ni subordinarse a ellas. Esta es, sin duda, la principal lección de lo que está pasando en Venezuela.

sábado, 17 de octubre de 2015

La monarquía bananera


La descomposición y caída del imperio español dio paso a una época convulsa que terminó con el golpe de estado nazi-fascista que supuso la eliminación física de los demócratas, cuyos cadáveres aún se pudren por decenas de miles en las cunetas, y la reinstauración del régimen monárquico bajo la apariencia de una "ejemplar" transición democrática.

De esta manera, los grandes grupos de poder del Ancien régime –económico, político, judicial, militar, eclesiástico, mediático– pasaron intactos de la dictadura fascista a la monarquía "democrática", sin siquiera despeinarse.

En los últimos doscientos años, la monarquía entregó el país a Napoleón, acabó a sangre y fuego con la primera (y tímida) constitución democrática, salió por patas de todos sus dominios tras terribles guerras coloniales –inventando los campos de concentración e iniciando los bombardeos químicos sobre población civil–, y sostuvo y se sostuvo en las dictaduras de Primo de Rivera y Franco, y todo ello para garantizar el poder omnímodo de la oligarquía constituida por la alianza de la aristocracia terrateniente y el capitalismo financiero.

En este periodo, la monarquía borbónica ha mantenido al país en un atraso aherrojado en la sobreexplotación y el semifeudalismo, con un control absoluto sobre todos los poderes del Estado, empezando por el militar, con el mando supremo del ejército. Por eso, cualquier avance democrático en España se vincula inexorablemente con la república.

Pero ese atraso y esa barbarie ideológica, adornada con nostalgias imperiales y coloniales, sigue impregnando la "democracia" tardofranquista que padecemos, con exagerados niveles de represión, corrupción y manipulación. Ha bastado la colusión de una familia real sui gèneris (borbónica, o sea), una crisis internacional del capitalismo y un partido fascista en el gobierno, para ver de nuevo a la policía dando palos, a fiscales y jueces encarcelando huelguistas y activistas sociales, al gobierno del régimen aplicando la "ley mordaza" y a los medios de comunicación de masas haciendo, un día sí y otro también, una apología desenfrenada de la "razón de Régimen".

Todo ello imprescindible para imponer por la fuerza un espectacular incremento de la sobreexplotación de las y los asalariados, con abaratamiento de salarios, despidos masivos a precio de saldo, precarización extrema del empleo, disminución de las pensiones futuras y recortes brutales en sanidad y educación.

Pero lo que parece una demostración de poderío del régimen, ha sido, en realidad, una manifestación de debilidad. El poder de la oligarquía monopolista financiera española y de su monarquía está cogido por los pelos. Y prueba de ello es como le temblaban las piernas mientras movilizaciones masivas, plagadas cada vez más de banderas republicanas, iban en crescendo en todo el Estado. Y entonces apareció –o se televisó– Podemos, y se acabó lo que se daba.

Más que fortaleza del régimen español, lo que le permite sostenerse es la inexistencia de una izquierda dispuesta, en serio, a acabar con él y con los poderes que lo sustentan. Desde la rendición en la "transición", estamos "cautivos y desarmados". Pero nada es eterno, nada permanece. Y mucho menos esta casposa y patética monarquía bananera.




sábado, 25 de julio de 2015

Oración

(A Abdalá Ochalan, en señal de solidaridad)

Haznos arder de furia y de vergüenza.
Déjanos ver el rostro de los que te han entregado a los verdugos,
la espesa complicidad con que permitimos el genocidio.
Derriba los muros de nuestras mentes intoxicadas.
Desgárranos los párpados cerrados
ante los niños con las tripas esparcidas,
ante los caseríos bombardeados.
Y haznos arder en pura llama roja.

Porque los asesinos te encarcelan,
y no quiero acostumbrarme a sus babosas,
asquerosas, podridas mentiras,
haznos arder.

Con las mismas armas que envían mis gobernantes
a reventar a tus muchachos,
haznos arder.
Porque los criminales nos compran y nos venden,
nos vigilan y nos adulan, nos drogan y nos ciegan,
haznos arder.

Con tu gente gaseada en las montañas,
o encendida en el exilio,
o prendida en holocausto para iluminar al Dólar,
haznos arder.

Haznos arder de furia y de vergüenza.

Amén.


sábado, 18 de julio de 2015

¿Unidad para qué?


Está claro que la unión hace la fuerza y que la unidad es mejor que la división. Dicho sea cuando ahora mismo lo que se discute en el Estado español son las formas de una posible unidad de fuerzas de izquierda o asimiladas, Pero la forma burocrática que adopte esa unidad no lo es todo. La cuestión esencial es el objetivo que persigue. Vamos, digo yo.

¿Unidad para nacionalizar la banca y los sectores estratégicos de la economía (electricidad, transportes, comunicaciones, distribución de alimentos y bienes de consumo), quitándoles el poder de las manos, o unidad para pastelear con ellos y decir aquello de "tristemente no hay alternativa"?

¿Unidad para salir de las instituciones imperialistas (euro, Unión Europea, OTAN) o unidad para "hacer lo que se pueda" y seguir en lo mismo ("de entrada No")? ¿Unidad para una renta básica y universal de subsistencia, o para pequeñas medidas de caridad?

¿Unidad para que paguen más los que más tienen, subiendo los impuestos a las rentas del capital y las grandes fortunas y liquidando las triquiñuelas evasoras, como las SICAV o la RIC? ¿O unidad para seguir los dictados de la UE, del Eurogrupo, de la mafia financiera del IV Reich?

¿Unidad para desmontar las estructuras fascistas del Estado, acabar con la monarquía y con los privilegios clericales? ¿O unidad para hacer declaraciones vacuas y gracietas al "Jefe del Estado", mientras todo el aparato del capitalismo de Estado sigue intocable?

¿Unidad para liberar Canarias del dominio imperialista español y europeo, o unidad para mantener el colonialismo? ¿Unidad para avanzar hacia una República Socialista Canaria o para seguir insistiendo en el centralismo españolista?

¿Unidad construida sobre la movilización obrera y popular, en la lucha, o unidad sólo a efectos publicitarios y electoralistas? ¿Unidad para avanzar, para convencer, para vencer, o unidad para trincar cacho al precio que sea?

Sí, ya he oído el inteligentísimo argumento de que si se dicen las cosas claras se pierden votos. Menuda pedagogía. Y menuda confianza en el pueblo ("la gente" en neolengua). Pero uno quiere políticos, verdaderos dirigentes populares, no míseros contables.

Agradecería, pues, cierta aclaración sobre de qué unidad se trata. Porque para ir y no llegar, mejor no ir. O sea.

sábado, 11 de julio de 2015

Democracia, personas, personajes


En cualquier organización popular verdaderamente democrática, los cargos y los candidatos no se eligen de abajo a la cúpula, sino de abajo a arriba, nivel a nivel. Esto es, no se votan carteles publicitarios, sino a compañeras y compañeros reales, no abstractos. Personas a las que conocemos directamente, sabemos de su compromiso, su entrega, su capacidad, su comportamiento en el trabajo, en el barrio, en las reuniones, su preparación y hasta en las sensaciones de su comunicación no verbal.

Ni se nos pasaría por la cabeza votar a quienes nos representen por teléfono, como si se tratara de los candidatos a Eurovisión, mandando un SMS, pongamos por caso. Los líderes verdaderamente democráticos lo son porque vienen apoyados por personas concretas, reales, tangibles. Sin ellas no son nada. Bien podrían decir de sí mismos lo que escribía León Felipe: “Yo no soy más que una voz –la tuya, la de todos– / la más genuina, / la más general”.

Lo mismo cabe decir de los posicionamientos y propuestas comunes. A nadie se le ocurriría aprobar algo sin debatirlo, sin sopesar los pros y los contras, sin matizar. No parece de recibo, ni democrático, ni participativo, votar un texto colgado en un tablón de anuncios en plan “o lo tomas o lo dejas”, sin más.

En cambio, para los partidos y organizaciones burguesas los afiliados son pura “masa”, seres abstractos que eligen a otras abstracciones: la de personajes dados a conocer por los medios de comunicación (burgueses, claro) y presentados como “líderes”. No se trata de organizar al pueblo, sino de “encuadrarlo” en la muchedumbre anónima que aclama al “jefe”.

Aquí todo es puro marketing, postureo, farfolla. No es el pueblo el que elige al líder, sino el líder el que elige la “franja de electores” a la que va destinado su “producto”. Y el “producto” varía en función de las encuestas. Estos son mis principios, digamos, pero, si no los puedo “vender”, tengo otros. El sacrosanto “mercado” es el que manda.

En ese modelo de partido, lo importante es que la masa sea amorfa pero siga al “jefe”, aplauda al “jefe”, vote al “jefe”. Y, una vez hecha la “venta”, al “jefe” le sobra ya la opinión y los intereses del “cuerpo electoral”.

Por eso lo que importa es ponérselo fácil a los “clientes”. Nada de latosas reuniones, actividades, esfuerzos, “comidas de coco”. Elijamos al dux con un clic de ratón o de móvil, cómodamente desparratados en el sofá. Uy, mira como tiembla el sistema. Pero qué guapo, qué listo, que bien habla.

A mí que me lo piquen menudo, que lo quiero para cachimba.

sábado, 27 de junio de 2015

Syriza: con las reglas del enemigo


A lo más que teme la pequeña burguesía es a una revolución socialista, por mucho que se declaren "socialistas" y hasta "revolucionarios". Al fin y al cabo, nos dirán, "estamos mal, pero no tan mal". Por eso los políticos pequeño burgueses son incapaces de salir de los estrechos márgenes de la democracia burguesa. O ya puestos, del euro. Tras pavonearse como leones, los dirigentes de Syriza han demostrado no ser más que blandos gatitos, que tragan dócilmente con las imposiciones del imperialismo centroeuropeo.

En España, Pablo Iglesias ha defendido a sus colegas griegos aduciendo que "lo que han cedido es poco". Pues si le parece poca cosa el sablazo a las pensiones, la prolongación de la edad de jubilación y la subida del IVA sobre alimentos y otros productos básicos –por no hablar de todas las demás promesas electorales que se han dejado en la gatera–, cabe pensar que un hipotético gobierno de Podemos estaría también dispuesto a ceder en tales "menudencias".

Si uno no va en serio, las amenazas son vanas y el postureo termina notándose. Si uno no está dispuesto a enfrentarse de verdad al poder establecido, a desarmarlo, a destruirlo, difícilmente va a vencer en las mesas de negociación a los perros del capital financiero, podridos pero no idiotas, y a sacarles lo que no quieren ceder. Por eso el gobierno de Syriza no ha conseguido nada –salvo seguir con la soga al cuello un tiempo más– y el imperialismo europeo lo ha conseguido todo. Y aún quiere más.

El postureo es una de las principales manifestaciones ideológicas de la pequeña burguesía, que dice querer defender a la "clase media" –se refiere a los trabajadores– pero se siente superior a ella. No discute el negocio –esto es, el capitalismo–, sino que se postulan como mejores gestores del mismo, con más "sensibilidad social".

Por eso aceptan las reglas del enemigo. La "democracia" del enemigo. La sacrosanta Constitución y las leyes del enemigo. Los jueces del enemigo. Las leyes electorales del enemigo. El Registro de la Propiedad del enemigo. La moneda del enemigo. El ejército y las alianzas militares del enemigo. La policía del enemigo. Las cárceles del enemigo. Los medios de comunicación del enemigo. Y por eso mismo, rara vez consiguen algo –y, en ese caso, por poco tiempo–.

Los asalariados, que somos la mayoría de la población, deberíamos preguntarnos si nos ponemos a construir nuestras propias organizaciones y dotarnos de nuestra propia estrategia y nuestros propios "jefes" o si, por el contrario, podemos dejar todo nuestro futuro y nuestros intereses en manos de semejantes señoritos.

O, por decirlo en boca de uno de ellos, en manos de tales "generales mediocres". O sea.

sábado, 13 de junio de 2015

Izquierda, derecha, arriba, abajo


Discutir si el “eje izquierda-derecha” para clasificar a “la gente” está demodé frente al “eje arriba-abajo”, puede ser divertido, pero se trata de un ejercicio de metáforas topográficas que nada tiene que ver con las ciencias sociales.

Ya de entrada, referirse al conjunto de la población como “la gente” indica un escaso deseo por dotarse de un análisis serio, a la vez que una visión oscurantista de la realidad. Tal y como explicaban Marx y Engels en La ideología alemana, para que haya “gente” que opere en la historia o en la política, es ante todo preciso que esa “gente” esté viva. Y para vivir necesitan agua, alimentos, abrigo, vivienda y unas cuantas cosas más. Así que lo primero que debemos examinar es como cada persona de esa “gente” consigue los medios para vivir.

Y aquí sí que tenemos un primer gran eje objetivo: por un lado están los que se ven obligados a trabajar para otros por un salario. Son los asalariados o proletarios, cuantitativamente la inmensa mayoría de la población. En ella hay que incluir a los parados –es decir, asalariados sin empleo, a la espera de poder conseguir uno para sobrevivir– y a los pensionistas, esto es, proletarios que ya no son productivos y reciben un salario diferido para el que cotizaron toda su vida laboral.

Por otro lado están los que viven del trabajo de otros. Son los burgueses, dueños de las empresas y, por lo tanto, en situación de imponer a los no poseedores el precio por su trabajo. Una minoría de estos burgueses ni siquiera necesita pasarse por las empresas de las que son propietarios –total o parcialmente (mediante acciones)– para recibir sus beneficios. Estos son capitalistas en sentido pleno: no necesitan trabajar en absoluto.

En medio de esta gran división social en clases antagónicas, hay un pantanoso terreno de burguesía burocrática (funcionarios de alto nivel del Estado y la universidad, jueces, políticos profesionales, etc.), trabajadores no asalariados (autónomos) y pequeña burguesía –que oscila entre la sumisión total al estado capitalista y a los potentados, y la realidad de que su enemigo objetivo son las grandes corporaciones, que le lleva a la ruina sistemáticamente–.

Dado que el interés de los capitalistas es mantener a toda costa el sistema que les garantiza su riqueza y su dominio, y que el interés objetivo de los asalariados es acabar con el capitalismo, es preciso señalar otro gran eje clarificador: el que separa a las fuerzas partidarias del capitalismo (con rostro más o menos "humano") de las fuerzas partidarias del socialismo, en sus distintas variantes.

En este sentido hay que reconocer que las fuerzas partidarias del capitalismo son, a día por hoy, abrumadoras. Van desde la derecha (PSOE) y la extrema derecha (PP, C's), al reformismo iluso que pretende un capitalismo con "sensibilidad social" (Podemos, IU). Por contra, las fuerzas partidarias del socialismo son practicamente inexistentes, dispersas, anticientíficas y semianalfabetas, y con nula implantación social.

Como corolario del eje fuerzas partidarias del capitalismo - fuerzas partidarias del socialismo, cabe señalar el eje fuerzas imperialistas frente a fuerzas antiimperialistas y anticolonialistas. En este archipiélago africano estamos acostumbrados a ver que algunos que se dicen partidarios del socialismo adoptan posiciones imperialistas españolistas con respecto a Canarias. Cosa que les viene facilitada por la debilidad y primitivismo de buena parte de las fuerzas anticolonialistas, por lo demás residuales y arrinconadas en su propio gueto.

Por último, y como guía general para evitar el sectarismo y el aislamiento, hay que trazar un eje claro entre el pueblo y el enemigo. Llamamos "pueblo" a los asalariados y al conjunto de sectores intermedios, potenciales aliados estratégicos de los asalariados y objetivamente interesados en el avance al socialismo, aunque aún –y todavía por un largo periodo de tiempo– no lo vean. El enemigo, indudablemente, es el cartel de grandes capitalistas y potentados financieros que dominan el Estado y la economía.

Mientras que, por ejemplo, PP y PSOE están al servicio del enemigo, otros como Podemos e IU, con todas sus contradicciones, forman parte del pueblo. Saber diferenciar entre el pueblo y el enemigo es fundamental. Mientras que las contradicciones en en seno del pueblo deben resolverse por la crítica, la batalla de ideas y el convencimiento, las contradicciones entre el pueblo y el enemigo son irresolubles –al menos de forma pacífica–.

Parafraseando a Dürrenmatt, "tristes tiempos estos en que es necesario explicar lo evidente".
  

sábado, 2 de mayo de 2015

Los individuos y las masas


TEODORO SANTANA


El capitalismo suele presentársenos como el dominio de lo individual, el triunfo del individualismo, frente al socialismo que supondría lo colectivo, el colectivismo. Pero, ¿quiénes son los "individuos" en el capitalismo? Evidentemente, aquellos que pueden decidir sobre la marcha de la economía, sobre cuándo, dónde y cuanto invertir. Esto es, los propietarios del capital, que disponen del dinero suficiente para no esclavizar su tiempo al servicio de otros. 

Dicho de otra forma: bajo el capitalismo, los verdaderos "seres humanos" son los capitalistas, mientras el resto nos vemos forzados a ser la masa de desposeídos obligados a esclavizarnos por un salario. Una masa amorfa en la que nuestra fuerza de trabajo es intercambiable por la fuerza de trabajo de otro, en la que el capitalista puede intercambiarnos como simples números de una enorme reserva de "mano de obra". 

Nada hay más deshumanizador para un burgués que caer en la masa y verse obligado a emplearse para otro. Ya nos advierten que "el empresario también corre riesgos". ¿Y cuál es ese "riesgo"? Ni más ni menos que arruinarse, perder su capital y verse obligado a ponerse a trabajar por un salario. Y para que tal "catástrofe humanitaria" no se produzca, nos exigen a las trabajadoras y trabajadores que minimicemos –"moderemos"– nuestros salarios y aguantemos peores condiciones de trabajo. ¡No vayamos a permitir que esos "seres humanos verdaderos", que esos "individuos", se disuelvan en la masa anónima del proletariado! 

Y para que no nos "mosqueemos", poseen poderosos medios de engaño y manipulación: no en vano son los dueños de los grandes medios de "comunicación" de masas. Dicho en palabras de Marx, "la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante" (1). 

Para garantizarse seguir siendo "individuos" y poder decidir su destino –y el nuestro–, para seguir siendo sujetos y no objetos del devenir social, los capitalistas disponen de todo el aparato del Estado a su servicio, de forma que sus "derechos individuales" permanezcan intocables, o vayan a más. Pero esos derechos son siempre los derechos del burgués: su "libertad" es la libertad burguesa, su "libre elección" de centros médicos o educativos es la libre elección del que tiene dinero, la "libre empresa" es su derecho a montar empresas con el capital del que es propietario –o, en la mayoría de los casos, del capital de todos acumulado en los bancos, que también son "suyos"–. 

Quienes vivimos de un salario, por muy "individuales" que nos consideremos, por muy únicos y diferentes que nos creamos, no somos más que cifras en una masa, marionetas cuyo destino está en las manos del que compra y vende nuestro tiempo y nuestro trabajo. No es de extrañar que los capitalistas se sientan superiores a nosotros, con "derecho divino" a dictarnos nuestras condiciones de vida, nuestra moral, nuestra reproducción y hasta nuestra muerte. 

Pero, como no pueden controlarlo todo, de vez en cuando de esta masa confusa y derrotada, surgen mujeres y hombres dispuestos a ser sujetos y no objetos, a cambiar el estado de cosas, a acabar con la esclavitud. Y se convierten de esta manera en seres humanos plenos, en individuos sociales, en personas que tienden los puentes al futuro. 

Revolucionarios, o sea. 


NOTA

(1) Karl Marx y Friedrich Engels. La Ideología Alemana, capítulo 1.

sábado, 4 de abril de 2015

Ciudadanos o proletarios


Las palabras pueden servir para aclarar la realidad o para oscurecerla. Cuando los burgueses revolucionarios franceses apelaban a los “ciudadanos”, ocultaban el hecho de que esa ciudadanía no era toda igual, y que estaba dividida en clases con intereses dispares y hasta contradictorios. Para los burgueses, todos los “ciudadanos” tenemos los mismos intereses generales, que vienen a ser -¡oh, casualidad!- los intereses de la burguesía. Una limpiadora de habitaciones es tan “ciudadana” como el más rico banquero. Todos somos iguales aunque, claro, unos más iguales que otros.

Cuando un político burgués se refiere al pueblo, siempre utiliza el término “ciudadanos”, como si todavía estuviéramos en la época de la revolución francesa, hace más de dos siglos. Esconde, de esta manera, que ni todos tenemos la misma situación social, ni los mismos derechos, ni los mismos intereses. Y por eso pueden presentar a los representantes de la oligarquía capitalista como si fueran representantes de todos los “ciudadanos”, de todo el pueblo. Lógico, ya que lo que trata es de evitar un cambio sustancial en el statu quo. ¿Cuántas obreras, cuántos trabajadores hay en el parlamento español? ¿Y en los autonómicos? ¿Y en las listas electorales?

Pero aquel que quiera cambiar el estado de cosas, debe discernir la realidad con precisión. Debe entender la división social en clases, debe apostar por la clase con más capacidad para producir los cambios. Y debe emplear el lenguaje con precisión científica. No sólo para ser pedagógico, sino para entender él mismo la realidad en la que opera. Por eso mismo, Marx, que llamaba no sólo a interpretar la realidad sino a transformarla, empleaba el término proletarios para referirse a los asalariados modernos, a quienes nos vemos obligados a vender nuestro trabajo y hasta nuestra salud para poder sobrevivir.

Y también por eso, a los politicastros burgueses, representen directamente a la oligarquía capitalista o formen parte de la más modesta burguesía burocrática, términos como proletariado o clase obrera no les hacen maldita gracia. Son muy “revolucionarios”, muy crudos. E impiden seguir pintando el mundo de color rosa. Prefieren “ciudadanos”, “clase media” y eufemismos similares, como si viviéramos doscientos años atrás en la Historia.

Basta con escucharlos un poco para reconocerles el cloquío. O sea.

sábado, 21 de marzo de 2015

Franquicias


Los partidos estatales presentes en Canarias operan como meras franquicias, como marcas registradas que designan aquí a sus representantes, quitando y poniendo "líderes" a su gusto. Se sigue así con una vieja tendencia que lleva a la burguesía colonial, en su eterno papel intermediario y dependiente, a pelear por conseguir convertirse en agente comercial de tal o cual marca de tronío. Y ese "tronío" en política lo da y lo quita la presencia en las grandes cadenas de televisión estatales, bien sea en anuncios publicitarios, en los telediarios o en las tertulias.

La "democracia interna" queda reducida a congraciarse con el "macho alfa" metropolitano de turno, que es el que reparte bendiciones y legalidades. Si usted no se trabaja la "villa y corte", si no hace las genuflexiones adecuadas, está perdido. Por mucho que tenga capacidad o respaldo de la gente, el ninguneo metropolitano -o, directamente, la gestora- puede caer sobre su cabeza como una impepinable espada de Damocles.

Este imperio metropolitano afecta especialísimamente a la nueva "cyberdemocracia", consistente en conseguir votos desde el sofá a través del móvil o el ordenador, sin necesidad de reunirse, participar, debatir cara a cara, ni otras actividades cansadísimas. Basta con ver la televisión para hacerse una opinión y "conocer" a los rostros populares que la cúpula envía a las distintas televisiones a dejarse ver. Para una sociedad agotada, una "democracia" cansina, digamos. 

El mensaje subyacente es que no tiene usted que molestarse para cambiar las cosas, ni involucrarse, ni pelear en primera persona. Se trata de elegir cómodamente quién lo hará por usted. A nadie extrañe pues la subsiguiente desmovilización. Una cosa lleva a la otra, y sin movilización todo queda al capricho de los dueños de las cadenas de televisión. 

Claro que siempre quedamos tipos malamañados que desconfiamos de dioses, reyes y tribunos. De que desde la metrópoli colonialista vayan a solucionarnos la papeleta. Que insistimos en que la democracia va de abajo arriba, y no desde el centro (imperialista) a la periferia. Que lo que no peleamos por nosotros mismos no lo conseguiremos. Que hay que mover el culo, paisanos.

Comprenderán por qué no nos van a dar el premio a la simpatía. O sea.

sábado, 21 de febrero de 2015

Recomposición, descomposición


Un análisis que vaya más allá de lo superficial, de lo sensorial o mediático, puede descubrirnos que las cosas no siempre son lo que parecen. O incluso que son todo lo contrario de lo que parecen. Lo novedoso muchas veces es decrépito. Lo que se nos vende como muy radical pudiera ser meramente cosmético.

Pudiera darse el caso de que lo que se nos exhibe como "democrático" no sea sino caudillismo, seguidismo obtuso. Que lo que parece crítico no cuestione la base del poder, esto es, la propiedad. Sigan ustedes explotándonos, pero un poco más suavemente, porfa. Dejen de ganar un poco, para que nada se  pierda. Que sólo somos socialdemócratas.

Aún más: lo que se presenta como recomposición, digamos de la "izquierda" (ay no, "izquierda" no, qué digo, caca), puede que sea solamente la etapa final de una descomposición que viene de lejos. Y que lo que queremos sea esperanza pudiera acabar siendo sólo desesperación.

Cierto: lo que sea con tal de echar a los fascistas y a sus tontos sánchez. Pero cuando la marea de ilusión dé paso al reflujo desesperanzado, debe permanecer en pie al menos una línea de defensa. Una milicia de la inteligencia. Algo más que el muro de las lamentaciones.

En cualquier caso, como cantaba Benedetti, "para bien o para mal, nada va a quedar igual". De una u otra manera, la historia dará con nosotros. O sea.

sábado, 24 de enero de 2015

Lo primero, echar a los fascistas

Cosas del marketing, los fascistas españoles ya no enarbolan el yugo y las flechas, ni proclaman la “cruzada” de la “revolución nacional sindicalista”. Han aprendido: visten de Armani y dan lecciones de "democracia". Eso sí, no pueden evitar los tics franquistas y la protección a sus asesinos, ley de punto final –mal llamada de “amnistía”– incluida.

Por lo demás, manteniendo como una cáscara vacía la democracia burguesa, se afanan en convertir el Estado español en un régimen fascista en todo menos en el envoltorio de celofán “constitucional”. Al feroz ataque contra los más elementales derechos laborales y las políticas sociales públicas, sucede un tsunami de leyes de excepción que permiten a las sturmtruppen policiales y judiciales aniquilar las protestas.

El poder de los fascistas en España es omnímodo: tienen en sus manos el gobierno central, la mayoría de gobiernos autonómicos, diputaciones y ayuntamientos. Controlan desde el Tribunal Constitucional hasta el Tribunal Supremo, pasando por el órgano de poder judicial y la Audiencia Nacional, continuadora del Tribunal de Orden Público de la dictadura fascista.

La oligarquía central española, beneficiaria y sostenedora de las fuerzas fascistas, controla además toda la banca, los grandes monopolios y la totalidad de los medios de comunicación de masas. No hay defensa posible ante su dominio, ni sitio donde esconderse. Y al que lo intente, aplicación de las leyes antiterroristas y tentetieso.

Pero como aún se ven obligados a mantener algunas ficciones “democráticas“, un 2015 plagado de convocatorias electorales abre cierto resquicio para hacer frente a este absolutismo. Si por una vez avanza la unidad de las fuerzas de izquierda y democráticas, tenemos la oportunidad de barrer de las instituciones al partido fascista. Y a sus cómplices, a quienes pactan una y otra vez con los franquistas y les reconocen como “demócratas“.

Eso es lo urgente, lo prioritario, lo ineludible, lo inexcusable. E, inmediatamente después, depurar a los fascistas de la administración de justicia, de la policía y del ejército.

Abrir, por fin, las puertas a la democracia. O sea.

sábado, 10 de enero de 2015

La pesadilla europea

Hubo un tiempo en que, tanto en Canarias como en España, todo el mundo quería ser europeo. Europa se veía como el paradigma de la democracia, de las libertades, de los derechos sociales, de la riqueza. En el caso de Canarias la cosa era ir contra la naturaleza, la geografía y la propia historia, pero ¿quién querría ser africano cuando nuestro continente se nos presentaba como la encarnación del infierno en la Tierra, hundido en el hambre, las enfermedades, las dictaduras monstruosas y las guerras civiles? No, teníamos que ser blancos, ricos, europeos. Si había cosa que mortificaba (y mortifica) a un canario es que lo traten de “moro” o de africano.

Por eso había que negar, contra toda lógica, la evidencia de que somos una colonia, la última colonia del viejo y podrido imperialismo español, “renovado”, de aquella manera, por la dictadura nazi-fascista del general Franco. La cosa llegaba al absurdo de establecer, con la boca chica, que habíamos dejado de ser colonia ¡con el fascismo!

Al contrario que las colonias extractivas, las colonias de servicios se sustentan no en la exportación, sino en la importación. Importamos turistas e importamos todo, para beneficio de una mezquina burguesía intermediaria que vive de los márgenes comerciales que caen de la mesa de las grandes corporaciones colonialistas, sean españolas o europeas. Nadie más interesado en la “españolidad” y la “europeidad” de la colonia que esos cipayos, eternos aspirantes a cabeza de ratón en Canarias y a cola de león de la oligarquía española.

Pero así como esa lumpenburguesía procuraba la importación de toda clase de mercaderías para cobrar su comisión, también procura la importación de las ideas del imperialismo español y europeo. Si de las primeras obtenía su comisioncita, de las segundas obtenía el beneficio del aplastamiento de cualquier posibilidad de revuelta, revoltura o mera quimera de poner en cuestión su negocio. Y la intelectualidad burguesa y pequeñoburguesa de Canarias ha tragado, deglutido y hecho suya esa mercadería.

Como señalaba Marx, “las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante”. Y la idea dominante ha sido que Europa era el “Mercado Común Europeo” –ahora “Unión Europea”– bajo el dominio de lo que se denominó “el eje París-Berlín”, ahora reducido al “eje” del Deutsche Bank alemán.

Cuando esta hauptgedanke está quebrada por la realidad de una Europa en retroceso, que recorta las libertades y los derechos sociales, cada vez más desigual y, sobre todo, en una decadencia de la que difícilmente va a haber vuelta atrás, ¿no sería hora, paisanas y paisanos, de empezar a plantearnos si nos conviene seguir atados en la sentina de un barco que se va a pique? ¿Que igual ni Madrid ni Berlín son nuestro destino?

Pensar con nuestra cabeza, y andar con nuestros pies, o sea.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Desmovilización

La irrupción de Podemos en el escenario político y la relativa proximidad de los dos procesos electorales de 2015 han conllevado la práctica total paralización de las movilizaciones en el Estado español. 

Volvemos a una vieja inercia: la de esperar que "alguien" nos solucione los problemas. Siempre es más cómodo, claro, resolver con un papelito en la urna que asumir que, si nosotros mismos no movemos el culo, nada cambiará.

La culpa no la tiene Podemos. Al fin y al cabo, como lo han definido sus dirigentes, no es más que una "maquinaria de guerra electoral". No es un partido para la organización y la lucha popular, sólo una maquinaria para ganar elecciones. No es poco. Pero incluso confiando en la bondad intrínseca de sus dirigentes y de sus intenciones, es evidente que sin una movilización popular sostenida será imposible torcer el brazo del imperialismo europeo y de la oligarquía española.

No nos gusta pensar en eso. ¿Manifestarse arriesgándose a que te detengan, te apaleen, te procesen, te multen o te encarcelen? Lejos estamos todavía de ese punto. Y más si se nos ofrece la posibilidad de cambiar las cosas "democráticamente", esto es, siendo buenos "ciudadanos" que se limitan a votar. Que se partan otros la cara.

Pero no sólo se ha desinflado la movilización. ¿Reunirse, organizarse, aguantar debates? Para qué, si todo lo que tenemos que hacer es pulsar un botón en el ordenador o el móvil, calentitos en nuestro sofá. Asaltar el cielo por iphone, digamos. Mucho más descansado, dónde se va a comparar.

Estamos muy lejos de vernos abocados a dejar de ser objetos de la historia y convertirnos en sujetos. De dejar de ser masa y pasar a ser individuos. De momento, ni a los nuevos dirigentes "ciudadanos" les interesa, ni a la mayoría de nosotros le parece imprescindible. Es comprensible: hay que tener cierto grado de desesperación para eso. Mientras creamos poder ir escapando de otra forma, para qué.

Mientras tanto, ¡ay, mientras tanto!, como escribía Agostinho Neto en la prisión de la PIDE en Luanda, en 1960, "se acumulan las nubes al soplo de la historia".

Agárrense que vienen curvas. O sea.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Corruptos, corruptores y corrompidos

En cualquiera de sus formas, el capitalismo es esencialmente corrupción. Y no sólo porque se trate de un sistema basado en la explotación de las asalariadas y los asalariados. Hasta en la democracia burguesa más ejemplar, miles de hilos, relaciones e influencias unen a las grandes empresas con el Estado.

Un Estado que, en todos los casos, existe precisamente para garantizar el dominio absoluto de los grandes monopolios sobre el conjunto de la sociedad. Es lo que se llama capitalismo monopolista de Estado, fase actual del sistema capitalista en la que estamos desde el siglo XX, y a la que también se denomina imperialismo.

Toda la estructura política, ideológica, legislativa, educativa, jurídica, policial y militar del Estado no es más que el entramado que garantiza esa dominación de una clase sobre las demás. Unas veces esta dictadura de la oligarquía ha adoptado su forma más brutal, como el nazi-fascismo. Otras adopta formas más suaves y “civilizadas”. Pero hasta en los países capitalistas con más tradición democrática, con más exigencias de ejemplaridad, lo esencial sigue siendo ese dominio absoluto de los intereses de los dueños de los grandes monopolios.

Bien es cierto que, cuanto menos nivel democrático despliega un Estado, menos se respetan sus propias reglas y leyes, tendiendo a manifestarse como latrocinio puro y duro de carácter mafioso. Es lo que fue el fascismo en el Estado español. Y, a las pruebas me remito, lo que está siendo el postfascismo monárquico.

Prensa capitalista (no hay otra) y partidos políticos del régimen se lanzan a la cabeza unos a otros tal o cual corruptela, intentando demostrar la maldad intrínseca del oponente o de toda la “clase política”. Como si la misma existencia de tales partidos no fuera ya un caso de corrupción insoportable: puras maquinarias electorales “engrasadas” con dinero de los bancos (cuyos créditos “perdonados” siguen siendo “secreto de Estado”) y de los grandes monopolios. Algo sobre lo que todos guardan un silencio cómplice.

Como callan sobre lo que es más evidente: en todo caso de corrupción se necesitan corruptores. Mucho escándalo sobre que Fulanito recibió X millones de soborno, los pusiera después en Suiza o en Panamá, se acogiera a la amnistía fiscal o no. Pero si el corrupto Fulanito recibió 10, por ejemplo, ¿cuánto tuvo que sacar la empresa del corruptor de tal tejemaneje para que le resultara rentable? Ah, pero las empresas son “entidades” respetables. Podemos sacar la vida, obra, amantes y milagros de un político, pero nunca las entretelas de un Consejo de Administración.

Mientras los corruptos se pueden ver inmersos en imputaciones (aunque muy pocos terminan por ir a la cárcel), los corruptores rara vez se ven molestados. Al fin y al cabo, se trata de "gente respetable", “gente de orden”, los dueños del Estado.

Para que tal nivel de corrupción domine el escenario político, además de corruptos y corruptores, hacen falta los corrompidos. Aquellos que hacen la vista gorda, dilatan hasta la exasperación los procesos judiciales, enredan la madeja hasta convertirla en inútil. Se habla de la corrupción de los políticos, pero nadie se atreve a mencionar la de los jueces. Ya saben, esos tipos que se codean con los grandes capitostes, toman copas, juegan al golf y hasta se acuestan juntos. Sólo una justicia totalmente corrompida permite un estado de cleptocracia, generalizada hasta lo grotesco, como la que padecemos.

La criminal policía fascista, los jueces fascistas, los banqueros del fascismo y los nuevos ricos gracias al fascismo: ninguno fue depurado en la “transición”. Así que seguimos con el aparato de Estado del fascismo incólume, y con su forma de corrupción intacta. Son las mañas de lo que es toda una tradición. Eso sí, ahora “democrática”.

Mientras tanto, la rueda de la historian sigue girando. Lo cantaba Mario Benedetti: "qué verde viene la lluvia / qué joven la puntería".

O sea.


sábado, 25 de octubre de 2014

Liderazgo

La burguesía fabrica sus propios líderes. Los dota de cargos más o menos rimbombantes, los unge de "carisma" a base de publicitarlos en sus medios de comunicación. Los líderes burgueses son presentados como "amigos del pueblo", pero encumbrados en altas cimas de responsabilidad. Esto es: "todo para el pueblo, pero sin el pueblo", salvo cada cuatro años cuando en época electoral se ponen en mangas de camisa y besan niños a diestro y siniestro.

Pero la burguesía también "fabrica" los líderes de la oposición que les interesa, y cuando le interesa. Sería ingenuo pensar que no interviene en qué tipo de oposición le conviene. Desde luego, no juega a la neutralidad. Por eso deberíamos estar atentos a sus jugadas, y no interpretar el mundo a través de los telediarios y las tertulias de los medios del enemigo.

A diferencia de los líderes burgueses, un líder revolucionario no necesita ser guapo ni tener un "pico de oro". Tampoco requiere cargos ni fanfarrias. Su fuerza no es otra que la que le da el pueblo. No es un jefe burocrático, formal. No le preocupa su buena imagen –que será atacada y denigrada en cualquier caso por los medios burgueses–, ni prioriza novedosas técnicas de mercadotecnia electoral.

Pongamos el ejemplo de Lenin. Nunca fue secretario general ni nada por el estilo. No era especialmente guapo. Ni siquiera era un brillante orador: los había mucho mejores en las filas bolcheviques. La mayor parte de las veces estaba en minoría –pero sabía estar en minoría–. Su cara no era conocida. Los obreros sólo sabían de él por sus artículos, repartidos en fábricas, granjas y trincheras. Era la fuerza de sus argumentos, la claridad con que se adecuaban de forma certera a la realidad rusa, lo que le convirtió en líder.

De hecho, cuando la noche del 6 al 7 de noviembre de 1917 intentó entrar en el Instituto Smolny de San Petersburgo –antiguo colegio "para Nobles Doncellas", donde se reunía el Congreso de los Soviets y desde donde se dirigía la revolución–, los guardias de la puerta no le dejaron pasar. "Soy Lenin", les explicó. "Claro", le contestó uno de ellos, "y yo soy la zarina de Rusia". Finalmente, en un barullo en la entrada, consiguió colarse dentro.

Como se dice, lo demás es historia.

sábado, 4 de octubre de 2014

La fuerza de la ley

A poco que lo pensemos, las leyes no son ni verdades reveladas ni la materialización escrita de derechos inalienables. Por el contrario, no son sino la expresión, en el ámbito del Estado, de la correlación de fuerzas en un momento dado. Y eso es así desde la constitución española, “consensuada” con los cañones de la División Acorazada Brunete apuntando nuestras nucas, hasta los más humildes derechos laborales, cercenados por PP y PSOE a medida que la clase obrera se desmovilizaba y las centrales sindicales se vendían por un plato de lentejas –o de langostinos–.

Toda la retórica sobre respetar el “Estado de Derecho” no es más que la propaganda de los dominadores para que los dominados se resignen. En primer lugar, porque todo Estado –incluidos los fascistas– son “Estados de Derecho”, con su propia legalidad, por muy arbitraria y tiránica que sea. Pero, sobre todo, porque enmascara la propia naturaleza del Estado, como aparato de dominación de una clase sobre otras.

Y tal naturaleza del Estado no es más que la de la violencia organizada en régimen de monopolio (ejército, jueces, policías, cárceles, etc.). Ninguna ley se sostendría sin el respaldo de esa violencia, sin la aplicación de esa fuerza imperativa e incontestable. La “fuerza de la ley” no es otra cosa que la violencia del Estado. Y si, llegado el caso, resulta necesario para garantizar el poder omnímodo de la clase dominante, se saltan todas las leyes y se aplica directamente la fuerza bruta, como tan bien sabemos –o deberíamos saber– en el Estado español.

Claro que ése es siempre el último recurso. Prefieren dominarnos con el menor esfuerzo. Adoctrinándonos en obedecer a toda costa sus leyes, y en que si queremos cambiarlas debemos hacerlo siguiendo los propios “cauces legales”. Esto es: la oligarquía controla todos los medios de comunicación. Financia las campañas electorales de los partidos que le son afines. Después estos partidos dictan leyes totalmente favorables a los intereses oligárquicos. Y los demás debemos acatarlas porque son “democráticas”. Y si no, palo y tentetieso.

Por lo tanto, la cuestión no son las leyes, sino la fuerza –económica, ideológica, militar–. Es la fuerza lo que impone las leyes, y no al revés. Todas las estrategias políticas “pacíficas” que no tengan esto en cuenta, están condenadas a la derrota. A la hora de la verdad, lo decisivo no es tener la razón o la mayoría, sino tener la fuerza de nuestro lado. Dicho sea esto para los catalanes -¿cuántos tanques tiene la Generalitat?–, y para todos los demás.

Para no perder la perspectiva. O sea.