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sábado, 17 de diciembre de 2011

Un traje de novia asesinada mojado por la lluvia

"Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo".

Miguel Hernández, Canción del esposo soldado

Fíjate bien en esa mujer que viene calle abajo.
No podrían extraérsele
elementos grandiosos para hacer una epopeya
y sin embargo
cuantas cicatrices marcan su joven corazón,
qué profundas ojeras recorren sus mejillas.
Perdida en la noche, a la deriva del amor,
qué profundos naufragios ha sobrevivido,
qué tempestades de mentiras, de telarañas lúgubres,
qué desvarío, qué terrores nocturnos la han asaltado,
qué puentes de desesperación ha cruzado
esa mujer que viene calle abajo.

Esta mujer que hoy es mi esposa
está hecha de encadenadas flores amargas,
construida sobre profundas raíces que se aferran a la tierra,
como mineros del titanio y la piedra bruñida,
como calles de barrio y aceras del tiempo,
fuertemente creciendo, firmemente avanzando,
en medio de las voces y las golondrinas que vienen de la sangre.

Esa mujer que viene calle abajo
tiene profundas raíces en el pueblo.
La madrugada llega con rumores de combate
y ella la recibe empuñando espadas de miel
y besos y sonrisas
frente a los cementerios, frente a los borrachos que escarran
y que orinan piropos de macho irredento en las esquinas,
frente a las mujeres vacías y la muchedumbre que vomita
semáforos y otras conductas sociales,
y de la mano de los niños que escupen
hastío en las aulas como cárceles de los colegios,
y de la mano de los niños que beben amor
con una sed insaciable y desatendida,
y de la mano de los niños, esa mujer, calle abajo.
Y cuando esa mujer llora
no hay angustia comparable con sus ojos oprimidos,
con su música respirada por violines sin cuerda
mientras sin límite tembloroso busca silencios de almohada.
Su amor no es un vino ni una quemadura.
Ella sube sin miedo por las escalas de mi pecho devorado.
Ella recorre los pasadizos de las fábricas de normas
subvirtiendo el aire con su risa transparente.

Con un sabor de rama fresca
ella atraviesa las ventanas en una lluvia de cristales
hacia las calles habitadas por ruedas dentadas,
hacia el mar que desfila en formaciones de espuma
con pies y manos, y manos y pies,
hacia el banquete de mi piel y mi cuerpo desnudo
con sus manzanas y sus besos y sus pechos florecidos
y su corazón cicatrizado y nuevo
llevándome la terrible claridad de un sol enterrado.

Esa mujer que viene calle abajo
no deja dormir a los fariseos,
y los obliga a pasearse en corbata pajarita
por los andamios de los rascacielos,
a miles de kilómetros de altura,
donde las ciudades se vuelven diminutas y los hombres vuelan,
más allá de las intrigas y las falacias que caen pulverizadas
y los siglos de dominación que servirán de abono a la hierba de los cementerios.

Esa mujer que viene calle abajo.
Esa mujer, calle abajo.


(De Si me preguntas de dónde vengo)

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