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jueves, 18 de diciembre de 2008

Teodoro Santana y Vladimir Maiakovski charlan una tarde inexistente en Moscú

A propósito de Manual de la Alegría




Pedro Flores

Imaginemos un imposible. Porque ésa es también la labor de la Poesía.

Estamos en Moscú; es 1918. El hombre de la camisa amarilla y el pelo y el alma alborotados se llama Vladimir Maiakovski, y es el gran poeta de la reciente Revolución de Octubre. Dentro de poco estará muerto, pero antes ha dicho, entre otras cosas dignas de ser oídas, de ser atesoradas, que la consigna es arrancar la alegría a los días venideros.

El hombre alto que está a su lado dirá que Vladimir dijo un día cuál era la consigna, y él mismo será fiel a esa consigna. Dirá también cosas propias, cosas no menos sísmicas, menos incendiarias ni menos tiernas que las que Vladimir dictó esa tarde a la bruma de Moscú.

Imaginemos que el tiempo no existe en su forma habitual e inexorable, porque es también labor de la poesía jugar con el tiempo, saltar por el tiempo, abolir el tiempo.

El hombre alto, con gafas y bigote (no es Trotstky) es Teodoro Santana, y lo único que ha de envidiar al ruso es su camisa de amarillo torrencial que lo anuncia de lejos.

Santana ya sabe todo lo que ha dicho Maiakovski, incluso la carta que dirá antes de volarse la cabeza cuando los burócratas y los carniceros usurpen la Utopía.

Los dos hombres hablan de versos, de naciones, de cadenas que se forjan y cadenas que se rompen (hablan en ruso, o en español, o no necesitan hablar, porque es un sueño y levantar acta de los sueños es también labor de la Poesía).

Vladimir le dice a Teodoro que antes del fin quiere que le ofrezca lo que él le ha ofrecido; quiere oir sus versos esa noche, en esa taberna de Moscú que no existe.

Entonces nuestro poeta le dice a su poeta que "no existe deidad alguna más allá de los que la buscan desesperadamente", de lo que el otro deduce que este poeta cree en la justicia terrena y no en los camelos.

Le dice: "el destino de mi corazón es el ser herido", y entonces Vladimir sabe que este hombre no apartará ni una vez su corazón del trayecto de la flecha, que no parpadearán sus ventrículos antes de lanzarse al combate o al amor.

Le dice: "sin saber nada llegué a la existencia y de nada servirá al partir cuanto he aprendido", y enseguida Vladimir comprende que Santana es de los hombres que van dejando en su camino el agua indispensable de la duda y la esperanza, para uso de los caminantes venideros.

Le lee: "en verdad no soy lo bastante sabio para cambiar el mundo", pero, ah –piensa el otro–, ojalá fuera el mundo lo bastante sabio para escucharte, para escucharnos a los dos.

Le dice: "he tenido la suerte de nacer como una tempestad" y, de repente, porque este es un sueño, el camarero detrás de la barra, en ese bar de Moscú que no existió, tiene mi rostro y digo: nosotros tendremos la suerte de que escribas como una tempestad.

Le dice: "prefiero las prostitutas a los beatos", y definitivamente Vladimir sabe que ese es su poeta; que los beatos de sotana o de martillo no están invitados tampoco a sus versos; que hay alegría y hay ternura también en el puño. Vladimir sabe entonces que el verso de su amigo es humano y hondo; que es un sendero al servicio del peregrino; que es, además, un sendero hermoso.

Le dice, finalmente: "Todos los lugares a los que has viajado nunca han estado allí realmente". Entonces se despiden con un abrazo, uno hacia la eternidad, el otro –por fortuna– hacia nosotros. Aquí está, acaba de llegar; aún huelen sus ropas a la bruma, a la escarcha de un Otoño inexistente de Moscú.


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