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lunes, 17 de noviembre de 2008

Creación, difusión, intermediación (II)

Nosotros escribimos, producimos, publicamos (o no publicamos), recitamos, llegamos o no llegamos a fin de mes, en este inicio del siglo XXI, del tercer milenio, según el calendario occidental. Y lo hacemos en unas islas macaronésicas que yacen junto a la costa africana, bajo la soberanía de un estado europeo de segunda fila en la época en que el trono del imperio celestial no está en Beijing, ni en la urbe de las siete colinas, sino en una poderosa ciudad construida sobre las ciénagas del río Potomac.

La nuestra no es una sociedad de la producción. Carecemos de una burguesía creadora, mucho menos culta. Canarias es el reino de los intermediarios, de los abaceros enriquecidos con representaciones comerciales, con la especulación, con los pelotazos turísticos e inmobiliarios. El cambulloneo como leiv-motiv, genera también la contrapartida del miedo, del servilismo, del fulanismo, del pedir favores a los pequeños caciques que se instalan en todas los nichos.

Así, uno de nuestros principales rasgos culturales es la cobardía, el miedo que acecha en cada gesto, el apaciguamiento. Parecemos destinados a no llegar nunca a la historia, a recular perpetuamente cuando se necesita dar un paso al frente. A preferir agonizar de rodillas, arrastrándonos, a vivir de pie, no sea que se vaya a molestar alguien. Somos el paradigma extremo de los casos que trazaron Frantz Fanon o Samir Amín.


Silvio Rodríguez canta Solo el amor

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