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sábado, 27 de septiembre de 2008

La última noche de Roque Alonso (y II)

Roque apretó los dientes, estoicismo que se dice, qué iba a hacer, además enfermo como estaba; y Luisa se fue a la cocina a prepararle una taza de agua, y la suegra la echó de allí, que sus calderos nadie los tocaba; para más inri le pegó al pequeño Antonio, siempre tan rebelde, que ella nunca le había levantado la mano; era tan difícil entender a aquella gente tan despegada y tan resentida; si era su propio hijo. Hasta que unos días más tarde los padres de Roque lo llamaron y le dijeron que se fuese, que ellos no podían mantenerlo a él y mucho menos a su familia, así que cogieron el hatillo y los niños y se fueron a Tamaraceite, que decían que por allí había trabajo. Finalmente pararon en una cueva de El Dragonal, que se la alquiló uno que se iba para Venezuela; pagaron el pequeño alquiler unos meses y luego ya perdieron el contacto. El viejo vuelve a destaparse, y Miguel se le acerca enseguida.

—¿La bacinilla, abuelo?—. El viejo asiente con la cabeza. En la penumbra su rostro se advierte macilento. Hay que ver la lata que da un enfermo, los colores terribles que va adquiriendo su piel, como el azul que se les puso, aún en Cuba, a los gemelos, al poco de nacer, que fue un veintiocho de diciembre y los vecinos no se lo creían porque era el día de los Santos Inocentes; ahora uno piensa que era cosa del RH, aunque quién sabía entonces nada de eso; ya en El Dragonal Ramón nació bien y sin problemas, el primer hijo nacido en las Islas, al que iban a poner Eduardo, pero acababa de estallar el "Movimiento" y habían fusilado a un diputado con ese nombre, así que le pusieron a la criatura el de su abuelo de Camagüey, muerto de un tumor en la garganta cuando apenas contaba cuarenta años, con lo alegre y divertido que era, y todas las hijas tuvieron que ganarse la vida trabajando en una fábrica de tabaco, incluida Lila, la mayor, que era tan guapa. Miguel ha visto fotos suyas color sepia, y se parecía a Rita Hayworth. Luego perdieron todo contacto con Cuba y ya no se supo más de la familia, y acabada de parir Luisa tuvo que ponerse a trabajar en los tomateros; iba y volvía caminando con Ramón a cuestas y dándole de mamar entre las cañas. El abuelo Roque consiguió trabajar en una panadería, y con un carro y una mula subía desde Las Palmas hasta La Calzada, y gracias a lo que cogía de pan pudieron escapar, porque el hambre era mucha, y Antoñito se negaba a soportarla, y los otros tres la sobrellevaban mal que bien, perpetuamente desperecidos, y las cosas al estraperlo estaban muy caras.

Miguel siempre ha oído a la abuela Luisa referirse a la "guerra de España", como si fuese algo lejano, aunque bastantes pobres inocentes sacaron aquí de sus camas los falangistas de madrugada, y bastantes familias quedaron rotas, la mayoría de las veces sin saber por qué, que se mezclaron muchas cosas de venganzas y de denuncias, y los tiraban por la Sima. Roque se enteró un día, por una conversación oída al azar, que iban a por Joaquinete, que era republicano, que ya lo habían buscado sin encontrarlo porque se había escondido en el aljibe de su casa, pero alguien se había chivado esta vez, así que Roque se apresuró con la carreta y la mula y, sin hacer el reparto, se vino directamente a avisar a Joaquinete, y por unos minutos consiguió salvarse corriendo barranco arriba como alma que lleva el diablo.

En cualquier caso, había desnutrición y colas del gofio en todos los recuerdos, yendo de un trabajo a otro por jornales de miseria, y la abuela Luisa se puso de sirvienta para unos señores en Tafira; y Antoñito que lo mandaba a comprar una peseta de sardinas a la tienda de Pinito y se las comía por el camino, y mucho se le daba a él luego la paliza, y gracias al trigo de Perón; o poner una vasija con gofio en el centro de la mesa como único plato para todos, con un poco de aceite en un hoyito en el centro, y las pencas de tuneras que desaparecían de los caminos, que la gente las cogía para hacer fuego y cocinar, o las trebolinas de la orilla de la carretera, que no duraban ni un día, o los berros de orilla; de mayor decía Antonio que a veces conseguían algunas espinas de pescado de la casa donde Luisa servía, que la única carne que tenían eran los bichos, que los ponías en la parte de abajo de la cuesta y ellos solos subían las espinas hasta la cueva. Y gracias también a lo que Roque conseguía por esos caminos, que estaba siempre trayendo cosas a la casa; así que cuando Antonio fue al cuartel casi se muere de la hartada de rancho que se metió entre pecho y espalda, que estuvo tres días malo, y además se puso las primeras alpargatas. Y Roque trabajando como un condenado, pero no se podía hacer más; y menos mal que años más tarde consiguieron salir de la cueva; y mientras, los críos botados, que eran tan mataperros que la gente les decía los hermanos Veneno, hasta que fueron consiguiendo trabajo, y luego se casaron y vinieron los nietos, y Miguel.

Sale al pasillo y enciende un nuevo cigarro. Las cuatro de la madrugada. El viejo parece descansar. Lo recuerda de pequeño, allá en la cueva, donde se cobijaron a la vuelta de La Palma; una habitación enorme excavada en la roca, sin agua ni otra luz que la de los quinqués, luego sustituidos por una lámpara de carburo que el padre de Miguel se trajo de cuando estuvo trabajando en la galería de Botazo, con camas por todas partes y una mesilla de noche junto a la de los abuelos, con una jofaina y un vaso de agua en el que Roque dejaba la dentadura postiza todas las noches; dicen que una vez la perra Chona se la llevó para la ladera, y estuvieron buscándola tres días, y luego Roque se limitó a lavarla bien y ponérsela de nuevo; bien que se las ingeniaba para traerles con frecuencia un cartucho con caramelos de goma y pastillas de a perra. De forma que cuando se fueron a vivir a Las Palmas era ya sólo una figura gris con ojos azules y burlones, que se visitaba los domingos y alguna que otra fiesta de guardar, y que preguntaba por los estudios, o enviaba recuerdos en las cartas que la abuela Luisa mandaba puntualmente a su nieto favorito que había ido a trabajar a Barcelona, tan jovencito, espero que al recibo de la presente te encuentres bien, nosotros bien, gracias a Dios. Y luego, de vuelta a las Islas la cosa siguió igual; lo que pasa es que uno se va alejando de la gente, de tu sangre y tus raíces, qué coñada tan cursi, pero como decirlo de otra manera, y apaga el cigarro y vuelve a entrar.

El viejo está otra vez despierto y le mira; qué cosas pasarán por su cabeza, tantas cosas que he querido decirle a veces. él, que esperaba tantas cosas de su nieto, ya ves; cómo se ha consumido en pocos meses desde que murió Antonio, el soltero; porque la abuela se deshizo en lágrimas, pero él se lo traga, que es lo peor, y ahora ya se ve.

El cansancio le vence. Cuando vuelve a abrir los ojos está amaneciendo y hace frío. Unos pisos más abajo la ciudad vuelve a hacer sentir su ruido, como si regurgitara pesadillas y coches, gente que vuelve al trabajo, humo. Roque tiene los ojos cerrados, pero a Miguel el corazón le da un vuelco. Le coge la mano yerta, aunque ya lo sabe. Sale al pasillo. —¡Enfermera!—.

Y ahora tendrá que llamar por teléfono, primero los hijos, y luego la funeraria, y el velatorio, y termos de café, y vasos de agua y azúcar, que más da todo ya: el viejo ha muerto y estamos todos tan lejos de él y de las cosas verdaderas, tantos años de esta gente que ha hecho el mundo, porque no hay siquiera lágrimas en los ojos de Miguel, sino cosas extrañas aprendidas de forma extraña; y de qué vale pensar que la realidad es la naturaleza y la historia universal, el hombre y su inteligencia, la cultura material y la espiritual; supongo que nosotros moriremos más solos aún, y después el entierro y los pésames, y las visitas, y Miguel que camina solo por las calles grises, y después nada.


La Danza de Zorba, de la película Zorba el griego

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