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sábado, 4 de marzo de 2017

Sobre nuestros escudos


Hubo un tiempo en que pudimos haber llegado al tiempo.
Ahora los augures sacan beneficio de cada profecía
y en los desiertos del corazón yacen
las flores en el pelo, el guirre, Ho-Chi-Minh.
Hicimos lo que no debíamos haber hecho:
solo nuestra generación conoce el precio que pagamos.

El viento sopla en contra y las cosas amadas se pudren,
y nosotros aparentamos disfrutar del amor, el ron y el ruido.
Dialécticos y extraños, aún sentimos magua por Cartago,
que un día fue alegre y poderosa.
Las olas siguen batiendo los malecones
y los hombres importantes
exhiben los velos y el vello púbico de las prostitutas del templo,
mientras un funcionario interino escribe
números que no le gustan en impresos amarillos,
anclado a una oficina gris en una ciudad infecta.

Lo que no tenía que haber pasado ocurrió,
llenando el presente de acechanzas y damnificados.
En otra parte hubiésemos hecho otras cosas,
hubiéramos tomado medidas para vigilar nuestra impaciencia.
Pero estamos amarrados a esta tierra
con pesadas cadenas amargas.
Los camaradas que luchamos juntos, y corrimos juntos
y nos abrazábamos,
hemos partido atrapados por nuestro maelström interior,
cada uno hacia nuestra propia equivocación,
en la siniestra dirección de algún conflicto local o íntimo.
No quedan pues amigos para traicionar:
solo los institutos donde aprendimos a mentir
y donde nadie nos habló de nuestros padres y nuestra lengua.

La ciudad nos acoge como si fuéramos lobos solitarios,
y nosotros nos acurrucamos como niños maltratados:
viendo como otros paladean mundos de triunfo
rumiamos amores perdidos en especulaciones abstractas.
En nuestra juventud de héroes
pasábamos por alto todo, pero no a todos,
ni siquiera a los que se quedaron a mitad de camino
para instalarse en sus propias batallas domésticas
o se apartaron a un lado para ser absurdamente valerosos.
Los espejos devuelven imágenes odiosas
del pantano hediondo en que han varado las islas.
Resistimos con el pelo revuelto anunciando canas
mientras los adolescentes aprenden ahora los siete pecados capitales.

El círculo perfecto del tiempo se traza sobre piedra:
dado que los cerdos se han transformado de nuevo en hombres
podemos regresar por fin a casa, supurantes,
sobre nuestros escudos.


(De Exopiélago)

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