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sábado, 7 de marzo de 2015

Yihadistas


La línea divisoria entre la Edad Media y la Modernidad es la separación entre la religión organizada y el Estado. Pero hay quienes se empeñan en volver al feudalismo, a la religión de Estado, al confesionalismo. De forman que exigen que la crítica supuestamente espiritual que ejercen sobre ateos o sobre creyentes de otros credos tome cuerpo como represión por parte del poder material del Estado.

Aún más, pretenden (y, a la vista está, consiguen) que las nuevas generaciones, niñas y niños, sean educados por su propia mano en la negación del espíritu crítico, de la realidad científica y de la libertad, esto es, la libertad de los demás. De paso, tratan (y logran) imponer pautas sociales que oscilan en la esquizofrenia entre la culpa y lo despiadado.

Convierten sus enfermizas reglas morales en leyes estatales y, a la vez, esconden sus crímenes y aberraciones sexuales en "pecadillos" sin importancia. Durante siglos han propugnado la "guerra santa" (la guerra-guerra, o sea) contra los que disienten de su doctrina, siempre víctimas propiciatorias para la tortura, la cárcel o el degüello.
 
A veces se visten de negro, y otras de blanco. Para afianzar su dominio, disponen de su propio aparato estatal, llámese Vaticano o ISIS, nacional-catolicismo, "estado judío" o monarquía islámica.

A Canarias, como a América Latina, llegaron a sangre y fuego, bendiciendo la esclavitud y el asesinato. La cosa alcanzó el paroxismo tras el golpe fascista de 1936 (bendecido como "cruzada") y el régimen de terror que le siguió, y del que tantos hemos sido víctimas. Como lo hemos sido de la religión impuesta por las armas, hasta que pudimos dejar de "creer" para paladear la belleza de la expansión del universo o de la evolución de las especies, de la libertad sexual y la libertad de amar, de pensar con nuestras propias cabezas.

Ahora, esos nefandos hierofantes vuelven a la carga, a las escuelas, al adoctrinamiento, al control de las leyes, al nacional-catolicismo, a la Edad Media. 

Señor, señor, qué cruz.

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