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sábado, 24 de enero de 2015

Lo primero, echar a los fascistas

Cosas del marketing, los fascistas españoles ya no enarbolan el yugo y las flechas, ni proclaman la “cruzada” de la “revolución nacional sindicalista”. Han aprendido: visten de Armani y dan lecciones de "democracia". Eso sí, no pueden evitar los tics franquistas y la protección a sus asesinos, ley de punto final –mal llamada de “amnistía”– incluida.

Por lo demás, manteniendo como una cáscara vacía la democracia burguesa, se afanan en convertir el Estado español en un régimen fascista en todo menos en el envoltorio de celofán “constitucional”. Al feroz ataque contra los más elementales derechos laborales y las políticas sociales públicas, sucede un tsunami de leyes de excepción que permiten a las sturmtruppen policiales y judiciales aniquilar las protestas.

El poder de los fascistas en España es omnímodo: tienen en sus manos el gobierno central, la mayoría de gobiernos autonómicos, diputaciones y ayuntamientos. Controlan desde el Tribunal Constitucional hasta el Tribunal Supremo, pasando por el órgano de poder judicial y la Audiencia Nacional, continuadora del Tribunal de Orden Público de la dictadura fascista.

La oligarquía central española, beneficiaria y sostenedora de las fuerzas fascistas, controla además toda la banca, los grandes monopolios y la totalidad de los medios de comunicación de masas. No hay defensa posible ante su dominio, ni sitio donde esconderse. Y al que lo intente, aplicación de las leyes antiterroristas y tentetieso.

Pero como aún se ven obligados a mantener algunas ficciones “democráticas“, un 2015 plagado de convocatorias electorales abre cierto resquicio para hacer frente a este absolutismo. Si por una vez avanza la unidad de las fuerzas de izquierda y democráticas, tenemos la oportunidad de barrer de las instituciones al partido fascista. Y a sus cómplices, a quienes pactan una y otra vez con los franquistas y les reconocen como “demócratas“.

Eso es lo urgente, lo prioritario, lo ineludible, lo inexcusable. E, inmediatamente después, depurar a los fascistas de la administración de justicia, de la policía y del ejército.

Abrir, por fin, las puertas a la democracia. O sea.