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miércoles, 30 de diciembre de 2009

Caimán (y VI)

Por aquella época el tío Ramón pasaba por la casa de vez en cuando, ya casado. Miguel se acuerda de la boda por las fotos, su padre de traje oscuro, elegante a más no poder, con sus entradas y el bigote fino, y la falda de Eloísa meada por Javier, no tenía otra para salir. Pero no era muy feliz con Herminia, que se enfadaba con Ramón cuando llevaba a sus sobrinos a pelarse, que la gente sacaba a Miguel por la cara de Ramón, o cuando discutían de lo mal que se vestía su hermana, siempre dando la nota de pobre, pero al final era a casa de Eloísa donde venía con su ford, huyendo de la presión de los suegros, a comer un par de latas de sardinas y a llorarse, y Miguel también lloró aquel día que Eloísa le contaba sus penas a Constancita, que era tan buena para ella.

Aunque más lloró la otra vez, que al otro lado de su casa vivía un practicante, y un día jugando en el patio con la hija, que era un poco mayor que Miguel, y con un primo de la edad de éste, la niña se bajó las bragas y les dijo que hicieran lo mismo, y ellos lo hicieron, y les guió en unos juegos tan lindos, diciéndoles que se besaran las cositas una a la otra, y cuando los dos lo hacían y ella miraba extasiada, apareció el practicante y los separó. Inmediatamente Miguel se llevó una paliza terrible de su madre, que parecía que nunca se iba a acabar, y él no sabía por qué era, aunque más tarde llegaría a relacionar ambas cosas, y su madre le decía hediondo, y por la noche cuando volvió su padre le pegó otra más grande que creía que se moría, y en el terror de aquella noche empezó a desconfiar, y así siguió desconfiando, toda una vida de ilusiones y desconfianzas, aunque ya está saliendo el sol y vaya a estar tan mal la playa. Porque es terrible estar triste cuando no hay bochorno, y el cielo es azul y el sol luminoso y se levantan las palomas a tu paso cuando cruzas la Plaza de Santa Ana.


City at night, de Rodolfo Santana

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