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Para escribir he nacido

Para vivir he nacido, para escribir estas cosas que te cuento, para hablar del tiempo deslizándose árido como la sal o amable como la brisa.

Camaradas

Necesitamos un arte que saque a la república del fango (Vladimir Maiakovski)

Sobre nuestros escudos

Hubo un tiempo en que pudimos haber llegado al tiempo. Ahora los augures sacan beneficio de cada profecía y en los desiertos del corazón yacen las flores en el pelo, el guirre, Ho-Chi-Minh.

Hombres libres

Cuando soplan el siroco y la calima, queda un lugar habitable aún en este territorio: algo de dignidad en la desgracia, algo de estoicismo en el sufrimiento, algo de coraje en la desdicha, el valor indomable de los hombres libres.

Adargoma

La fila india del Adargoma, con la formación que ganó el campeonato juvenil de Gran Canaria en 1976.

sábado, 28 de marzo de 2015

Outsider

Adquiriste una deuda con la sangre que circula en tu sangre
y ha dado forma al curso de tus días, aunque no lo sepas.
La banca gana siempre en esta apuesta,
amenazando con borrarte,
mientras te preguntas cuanto tiempo te queda
antes de que den con tus huellas y derriben tu puerta,
implacables, feroces, para ningunearte,
para encerrarte en el arcón del olvido,
rindiendo culto en sus selectas capillas a un dios nauseabundo.
Todo lo que has hecho a nadie importa,
y cualquier medio para dejarte fuera les parece lícito;
como cirujanos cortan el cordón umbilical
que te une al alma de los hombres;
como rastreadores amenazantes
te cazan como a una fiera acorralada y triste.
Después se comen tu corazón
con la espesa salsa de la indiferencia,
y se felicitan por no haberte dejado pasar sus extrañas fronteras.
Una palabra, un simple gesto, y no habrás existido nunca.
Confinado en una celda hecha de manuscritos rechazados,
alzan a tu alrededor espesos muros de silencio inerte.

Te reconozco, hermano,
porque también nadan en tinta mis glóbulos rojos,
también soporto actitudes hoscas y desprecios densos,
páginas confinadas en el desierto de las tinieblas exteriores,
donde deambulamos como fantasmas intraducibles y ciegos,
ateridos.

(De Exopiélago)

sábado, 21 de marzo de 2015

Franquicias


Los partidos estatales presentes en Canarias operan como meras franquicias, como marcas registradas que designan aquí a sus representantes, quitando y poniendo "líderes" a su gusto. Se sigue así con una vieja tendencia que lleva a la burguesía colonial, en su eterno papel intermediario y dependiente, a pelear por conseguir convertirse en agente comercial de tal o cual marca de tronío. Y ese "tronío" en política lo da y lo quita la presencia en las grandes cadenas de televisión estatales, bien sea en anuncios publicitarios, en los telediarios o en las tertulias.

La "democracia interna" queda reducida a congraciarse con el "macho alfa" metropolitano de turno, que es el que reparte bendiciones y legalidades. Si usted no se trabaja la "villa y corte", si no hace las genuflexiones adecuadas, está perdido. Por mucho que tenga capacidad o respaldo de la gente, el ninguneo metropolitano -o, directamente, la gestora- puede caer sobre su cabeza como una impepinable espada de Damocles.

Este imperio metropolitano afecta especialísimamente a la nueva "cyberdemocracia", consistente en conseguir votos desde el sofá a través del móvil o el ordenador, sin necesidad de reunirse, participar, debatir cara a cara, ni otras actividades cansadísimas. Basta con ver la televisión para hacerse una opinión y "conocer" a los rostros populares que la cúpula envía a las distintas televisiones a dejarse ver. Para una sociedad agotada, una "democracia" cansina, digamos. 

El mensaje subyacente es que no tiene usted que molestarse para cambiar las cosas, ni involucrarse, ni pelear en primera persona. Se trata de elegir cómodamente quién lo hará por usted. A nadie extrañe pues la subsiguiente desmovilización. Una cosa lleva a la otra, y sin movilización todo queda al capricho de los dueños de las cadenas de televisión. 

Claro que siempre quedamos tipos malamañados que desconfiamos de dioses, reyes y tribunos. De que desde la metrópoli colonialista vayan a solucionarnos la papeleta. Que insistimos en que la democracia va de abajo arriba, y no desde el centro (imperialista) a la periferia. Que lo que no peleamos por nosotros mismos no lo conseguiremos. Que hay que mover el culo, paisanos.

Comprenderán por qué no nos van a dar el premio a la simpatía. O sea.

sábado, 14 de marzo de 2015

Deambulando por el barrio colonial

“Nada de lo humano me es ajeno”, recuerdo
siguiendo el camino de las criadas por las calles estrechas
sobre las que reina una soledad artificial y escuálida,
un cielo como de plomo con desgarraduras de esterlicias.
Hubo una época en que escribía caracteres tifinagh en las inmaculadas paredes blancas y la piedra gris,
ungiendo con mi linfa la vacuidad de las islas.

Sobre estas largas piernas endurecidas marché
soportando una creencia que me llenaba de aflicción
porque desvelaba implacable las veladuras del mundo.
En estas mismas esquinas me miraban las mujeres amadas
buscando piedras rituales y una torre inconmovible,
pero solo hallaban un poeta errático
venido a la ciudad de los hombres
para incendiar este lugar arbitrario
rodeado de alambradas sociales y centinelas del orden,
un niño vulnerable que amaba a Harún al-Rasid.

Arrancaban entonces mi corazón aún palpitante y volvían
a la multitud de gente ordinaria y decente,
mientras este paseante solitario hablaba a voz en grito
de un mundo en que los hombres fueran amables
y sollozaba porque otras personas sollozaban.

Me gustan, no obstante, los frescos patios interiores,
las hermosas casas y palacios de los depredadores,
a pesar de la chatarra metálica aparcada en los garajes.
Paso arrastrando los pies junto a una vieja catedral
en la que entra y sale gente que nunca pregunta
que se traen entre manos los dueños de su destino.
Estas cosas no pueden atraparme, ni me desvían de la certeza
de que se puede vivir sin amor, pero no sin el agua potable
de la ciudad donde reina el largo brazo de la ley.

Acostumbrados al pavor religioso, mi gente se arrodillaba
ante los habitantes de estas viejas paredes.
Careciendo de los medios para enterarse de qué pasaba realmente
se revolvían incómodos en la basura en que los sentidos basan la fe.

En cambio algunos privilegiados tuvimos acceso a espúreas lecturas
que dieron cauce a la profunda violencia que vivía en nosotros:
ya no tememos a los dioses, ni a los espíritus, ni a los hombres,
ni siquiera a los muy malvados y poseídos de sí mismos.

Es éste un suburbio en decadencia en un territorio desolado
del que he intentado deshacerme sabiendo que no había ayuda.
Zeus está con los fuertes: los grandes no pueden ser molestados,
ni siquiera por la visión del Sherwood de mi culto secreto.

Abandonados en este laberinto de oropeles y penitencias
todos deben llevar sus propias caras puestas, echar fechillos,
defender el territorio, el status,
los edificios construidos con el mortero de la sangre,
aquello que nunca me interesó y por lo que jamás lucharé.

Mis antepasados eran sus súbditos, campesinos baratos,
y yo no puedo ocasionarles más que inquietud y desagrado:
un maoísta escarranchado en sus moquetas
interponiéndose ante ellos
en el paso de las Termópilas.


sábado, 7 de marzo de 2015

Yihadistas


La línea divisoria entre la Edad Media y la Modernidad es la separación entre la religión organizada y el Estado. Pero hay quienes se empeñan en volver al feudalismo, a la religión de Estado, al confesionalismo. De forman que exigen que la crítica supuestamente espiritual que ejercen sobre ateos o sobre creyentes de otros credos tome cuerpo como represión por parte del poder material del Estado.

Aún más, pretenden (y, a la vista está, consiguen) que las nuevas generaciones, niñas y niños, sean educados por su propia mano en la negación del espíritu crítico, de la realidad científica y de la libertad, esto es, la libertad de los demás. De paso, tratan (y logran) imponer pautas sociales que oscilan en la esquizofrenia entre la culpa y lo despiadado.

Convierten sus enfermizas reglas morales en leyes estatales y, a la vez, esconden sus crímenes y aberraciones sexuales en "pecadillos" sin importancia. Durante siglos han propugnado la "guerra santa" (la guerra-guerra, o sea) contra los que disienten de su doctrina, siempre víctimas propiciatorias para la tortura, la cárcel o el degüello.
 
A veces se visten de negro, y otras de blanco. Para afianzar su dominio, disponen de su propio aparato estatal, llámese Vaticano o ISIS, nacional-catolicismo, "estado judío" o monarquía islámica.

A Canarias, como a América Latina, llegaron a sangre y fuego, bendiciendo la esclavitud y el asesinato. La cosa alcanzó el paroxismo tras el golpe fascista de 1936 (bendecido como "cruzada") y el régimen de terror que le siguió, y del que tantos hemos sido víctimas. Como lo hemos sido de la religión impuesta por las armas, hasta que pudimos dejar de "creer" para paladear la belleza de la expansión del universo o de la evolución de las especies, de la libertad sexual y la libertad de amar, de pensar con nuestras propias cabezas.

Ahora, esos nefandos hierofantes vuelven a la carga, a las escuelas, al adoctrinamiento, al control de las leyes, al nacional-catolicismo, a la Edad Media. 

Señor, señor, qué cruz.