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Para escribir he nacido

Para vivir he nacido, para escribir estas cosas que te cuento, para hablar del tiempo deslizándose árido como la sal o amable como la brisa.

Camaradas

Necesitamos un arte que saque a la república del fango (Vladimir Maiakovski)

Sobre nuestros escudos

Hubo un tiempo en que pudimos haber llegado al tiempo. Ahora los augures sacan beneficio de cada profecía y en los desiertos del corazón yacen las flores en el pelo, el guirre, Ho-Chi-Minh.

Hombres libres

Cuando soplan el siroco y la calima, queda un lugar habitable aún en este territorio: algo de dignidad en la desgracia, algo de estoicismo en el sufrimiento, algo de coraje en la desdicha, el valor indomable de los hombres libres.

Adargoma

La fila india del Adargoma, con la formación que ganó el campeonato juvenil de Gran Canaria en 1976.

sábado, 30 de abril de 2016

Horarios


Ya no viven los dioses en la ciudad.
Laboriosos demonios se esconden
ahora en sus grietas,
allá donde el sol nunca llega,
donde los adolescentes comparten
labios atornillados y caricias peligrosas.

Caminamos apresurados sin mirar
las profecías escritas en el hormigón
de las paredes, los extraños signos
que pregonan el final del tiempo
o el pálpito de otros universos.

Tensos como ballestas
entramos y salimos a nuestros negocios,
ardemos en congojas y contabilidades,
descendemos al infierno y al trabajo.

El recuerdo de los besos desaparece
volando en el humo y en las horas,
desertando de la precisión del cronómetro.

sábado, 23 de abril de 2016

Caballero


Si hay cosa que me fastidie es que me llamen “caballero”. Y no es por la edad, que hace tiempo que ya correspondería. Se trata de que ni tengo caballo, ni le quito su cosecha a los campesinos, ni exploto a siervos de la gleba, ni violo doncellas. A quienes me dicen “caballero” con buenas intenciones, no puedo menos que recordarles que es un gravísimo insulto, una burda injuria.

De la misma manera, tampoco soy un “señor”. Ni tengo títulos de nobleza, ni mando o señorío sobre nada ni nadie. Y, por lo mismo, me sobra el tratamiento de “don” –ya saben: del latín dominus– porque no soy “dueño” ni jefe doméstico. En mi casa, como dicen en Monty Python and the Holy Grail (vendida en el Estado español como Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores), somos “una comuna anarco-sindicalista”.

Los proletarios, aquellos que vivimos de un salario, ni somos “caballeros”, ni “señores” ni llevamos tratamiento de “don” –o “doña”–. Eso queda para mandamases feudales y burgueses. Así que, por favor, no usen tales apelativos conmigo.

¿O acaso hay palabras más hermosas que compañero y compañera?

sábado, 16 de abril de 2016

Mañana


Al amanecer el océano vomita
llamaradas de luz sobre las calles,
escupiendo fotones feroces
contra los arrecifes de los rascacielos.
Más abajo, el rumor de toses
y motores de arranque
anuncia la diminuta marea humana.

Condicionados por miles de naufragios,
hombres y mujeres se apresuran
a tomar café, corren somnolientos
a venderse en el mercado
de trabajo, se cruzan sin mirarse
en un vértigo desolado.

Un día más
la desesperación se pone en marcha.