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Para escribir he nacido

Para vivir he nacido, para escribir estas cosas que te cuento, para hablar del tiempo deslizándose árido como la sal o amable como la brisa.

Camaradas

Necesitamos un arte que saque a la república del fango (Vladimir Maiakovski)

Sobre nuestros escudos

Hubo un tiempo en que pudimos haber llegado al tiempo. Ahora los augures sacan beneficio de cada profecía y en los desiertos del corazón yacen las flores en el pelo, el guirre, Ho-Chi-Minh.

Hombres libres

Cuando soplan el siroco y la calima, queda un lugar habitable aún en este territorio: algo de dignidad en la desgracia, algo de estoicismo en el sufrimiento, algo de coraje en la desdicha, el valor indomable de los hombres libres.

Adargoma

La fila india del Adargoma, con la formación que ganó el campeonato juvenil de Gran Canaria en 1976.

sábado, 25 de abril de 2015

Lenguaje cifrado


Al sol y al viento pregunto la clave.
El sol me responde: "conocimiento".
Y el viento: "transformación".

sábado, 18 de abril de 2015

De derrota en derrota hasta la victoria final

Atrapado en el samsara, nada tengo que ofrecerte.
En mi existencia hay noches que nos separan
o simplemente no existen, y barrancos silenciosos
y caminos oscuros y jardines cerrados.

Canto lentamente tus besos desbordados
y el millo puesto a secar,
el olor agrio de los barrios periféricos
y el fulgor de los jóvenes insurgentes.

Te abrazo sin conocerte y me abro a ti como una flor mojada
derramando sobre el papel la emanación del viento masculino
para que forjes las herramientas de lo verde y la ternura.

Verás frente a mi puerta sólo hondas derrotas,
charcos de miel y un resumen rojo
impregnado de sombras ausentes y movimientos herrumbrentos.

Hacia mi soledad suben las señales de una confusa ambrosía,
deshojando hebra tras hebra las constelaciones del futuro,
amarrado desnudo al temblor de tu herida indomable.

Sin dormir con mis sueños todavía,
haces crecer la esperanza como un árbol
con raíces escondidas entre el humo y los albañiles.

De estos naufragios desdichados se elevan gaviotas
empapadas en substancias submarinas,
mientras en las calles los miserables
se imponen a la muchedumbre triturada,
bendecidos por sacerdotes ebrios y efigies vengativas
desde cubiles saturados de hadas malvadas
y reyes retorcidos.

La pústula de los tribunales y los sátrapas del aluminio
serán barridos por la tormenta que domina tu espada
el día que digas basta y hagas un gesto definitivo.

No busques vino en mis palabras, ni semillas de adormidera
ni estrofas sin sentido.
Cuando llegue el momento del agua y los martillos
yo ya no estaré contigo.

Nada tengo que ofrecerte:
cumple, pues, con tu destino.

De Exopiélago
 

sábado, 11 de abril de 2015

Karma


La guagua del destino partió de madrugada
y no volverá a pasar en muchos días.
Allá donde naciste hizo su primera parada,
cuando aún no podías leer el trayecto en el ticket.

Recorres desde entonces dos líneas.
Una es la del acero bruñido,
en la que avanzas despreocupado
por el corredor de la muerte.
La otra es la del niño despavorido,
arrastrado de parada en parada,
de terror nocturno en maravilla.

Giran las ruedas. Tu imagen se refleja
en los cristales de los edificios.
Como una sombra o un espejismo
tu vida transita entre señales
y pasos de peatones. Avanzas
mientras el tiempo retrocede fatigado.
Todo son adioses y despedidas.
El camino recorrido adquiere
una memoria plomiza y desvaída.

Con cada latido la ciudad te devora.
Implacable.
Ciega.

sábado, 4 de abril de 2015

Ciudadanos o proletarios


Las palabras pueden servir para aclarar la realidad o para oscurecerla. Cuando los burgueses revolucionarios franceses apelaban a los “ciudadanos”, ocultaban el hecho de que esa ciudadanía no era toda igual, y que estaba dividida en clases con intereses dispares y hasta contradictorios. Para los burgueses, todos los “ciudadanos” tenemos los mismos intereses generales, que vienen a ser -¡oh, casualidad!- los intereses de la burguesía. Una limpiadora de habitaciones es tan “ciudadana” como el más rico banquero. Todos somos iguales aunque, claro, unos más iguales que otros.

Cuando un político burgués se refiere al pueblo, siempre utiliza el término “ciudadanos”, como si todavía estuviéramos en la época de la revolución francesa, hace más de dos siglos. Esconde, de esta manera, que ni todos tenemos la misma situación social, ni los mismos derechos, ni los mismos intereses. Y por eso pueden presentar a los representantes de la oligarquía capitalista como si fueran representantes de todos los “ciudadanos”, de todo el pueblo. Lógico, ya que lo que trata es de evitar un cambio sustancial en el statu quo. ¿Cuántas obreras, cuántos trabajadores hay en el parlamento español? ¿Y en los autonómicos? ¿Y en las listas electorales?

Pero aquel que quiera cambiar el estado de cosas, debe discernir la realidad con precisión. Debe entender la división social en clases, debe apostar por la clase con más capacidad para producir los cambios. Y debe emplear el lenguaje con precisión científica. No sólo para ser pedagógico, sino para entender él mismo la realidad en la que opera. Por eso mismo, Marx, que llamaba no sólo a interpretar la realidad sino a transformarla, empleaba el término proletarios para referirse a los asalariados modernos, a quienes nos vemos obligados a vender nuestro trabajo y hasta nuestra salud para poder sobrevivir.

Y también por eso, a los politicastros burgueses, representen directamente a la oligarquía capitalista o formen parte de la más modesta burguesía burocrática, términos como proletariado o clase obrera no les hacen maldita gracia. Son muy “revolucionarios”, muy crudos. E impiden seguir pintando el mundo de color rosa. Prefieren “ciudadanos”, “clase media” y eufemismos similares, como si viviéramos doscientos años atrás en la Historia.

Basta con escucharlos un poco para reconocerles el cloquío. O sea.