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Para escribir he nacido

Para vivir he nacido,para escribir estas cosas que te cuento,para hablar del tiempo deslizándose árido como la sal o amable como la brisa.

Camaradas

Necesitamos un arte que saque a la república del fango (Vladimir Maiakovski).

Sobre nuestros escudos

Hubo un tiempo en que pudimos haber llegado al tiempo. Ahora los augures sacan beneficio de cada profecía y en los desiertos del corazón yacen las flores en el pelo, el guirre, Ho-Chi-Minh.

Hombres libres

Cuando soplan el siroco y la calima, queda un lugar habitable aún en este territorio: algo de dignidad en la desgracia, algo de estoicismo en el sufrimiento, algo de coraje en la desdicha, el valor indomable de los hombres libres.

Adargoma

La fila india del Adargoma, con la formación que ganó el campeonato juvenil de Gran Canaria en 1976.

sábado, 18 de marzo de 2017

Manual de la Alegría (VI)


Me acuesto entre las sábanas de la alegría
a disfrutar del placer y la quietud
mientras en tromba pasan las cosas del mundo.
Cuatro idiotas dirigen el planeta
considerando herejes a los que no somos sumisos
y dudamos de un cielo de eterno gozo, conscientes
de que un instante de placer con una muchacha hermosa
vale más que mil años en el paraíso.

Pero los orgasmos de ayer no me consuelan hoy:
por eso amo lo que fluye.

sábado, 4 de marzo de 2017

Sobre nuestros escudos


Hubo un tiempo en que pudimos haber llegado al tiempo.
Ahora los augures sacan beneficio de cada profecía
y en los desiertos del corazón yacen
las flores en el pelo, el guirre, Ho-Chi-Minh.
Hicimos lo que no debíamos haber hecho:
solo nuestra generación conoce el precio que pagamos.

El viento sopla en contra y las cosas amadas se pudren,
y nosotros aparentamos disfrutar del amor, el ron y el ruido.
Dialécticos y extraños, aún sentimos magua por Cartago,
que un día fue alegre y poderosa.
Las olas siguen batiendo los malecones
y los hombres importantes
exhiben los velos y el vello púbico de las prostitutas del templo,
mientras un funcionario interino escribe
números que no le gustan en impresos amarillos,
anclado a una oficina gris en una ciudad infecta.

Lo que no tenía que haber pasado ocurrió,
llenando el presente de acechanzas y damnificados.
En otra parte hubiésemos hecho otras cosas,
hubiéramos tomado medidas para vigilar nuestra impaciencia.
Pero estamos amarrados a esta tierra
con pesadas cadenas amargas.
Los camaradas que luchamos juntos, y corrimos juntos
y nos abrazábamos,
hemos partido atrapados por nuestro maelström interior,
cada uno hacia nuestra propia equivocación,
en la siniestra dirección de algún conflicto local o íntimo.
No quedan pues amigos para traicionar:
solo los institutos donde aprendimos a mentir
y donde nadie nos habló de nuestros padres y nuestra lengua.

La ciudad nos acoge como si fuéramos lobos solitarios,
y nosotros nos acurrucamos como niños maltratados:
viendo como otros paladean mundos de triunfo
rumiamos amores perdidos en especulaciones abstractas.
En nuestra juventud de héroes
pasábamos por alto todo, pero no a todos,
ni siquiera a los que se quedaron a mitad de camino
para instalarse en sus propias batallas domésticas
o se apartaron a un lado para ser absurdamente valerosos.
Los espejos devuelven imágenes odiosas
del pantano hediondo en que han varado las islas.
Resistimos con el pelo revuelto anunciando canas
mientras los adolescentes aprenden ahora los siete pecados capitales.

El círculo perfecto del tiempo se traza sobre piedra:
dado que los cerdos se han transformado de nuevo en hombres
podemos regresar por fin a casa, supurantes,
sobre nuestros escudos.


(De Exopiélago)

sábado, 18 de febrero de 2017

Acechanza


Nos extendemos sobre las ciudades como una horda maravillada,
con el corazón extasiado ante su maquinaria de humo;
nos apoderamos de sus edificios
como una ascendente espuma de hierro, y como el oligisto
corroemos sus cimientos, los remaches plateados,
los símbolos inconmovibles, las gárgolas dominantes.

Arrastramos con nosotros el polvo de las laderas,
la humedad sombría de los barrancos,
un cierto gesto intransigente,
la sobriedad de los desarrapados.

Y esperamos. Esperamos pacientemente que gire el universo,
que los dioses envíen a sus augures,
que llegue, de entre nosotros,
aquél que nos llame a romper las amarras,
aquél cuyas palabras nos despierten el corazón,
que nos diga, justamente, lo que necesitamos oír,
y no otra cosa.

En el arcén de la autovía de la historia, esperamos.
Esperamos para quitarnos estas ropas, estos modales,
el frío del alba, el sí señor, el qué le vamos a hacer,
el hollín azulado, la resignación amarilla, el olvido malva,
la sumisión gris
y el miedo.

Esperamos, pacientemente,
el toque de a degüello.