Social Icons

rss feed email

Featured Posts

Para escribir he nacido

Para vivir he nacido, para escribir estas cosas que te cuento, para hablar del tiempo deslizándose árido como la sal o amable como la brisa.

Camaradas

Necesitamos un arte que saque a la república del fango (Vladimir Maiakovski)

Sobre nuestros escudos

Hubo un tiempo en que pudimos haber llegado al tiempo. Ahora los augures sacan beneficio de cada profecía y en los desiertos del corazón yacen las flores en el pelo, el guirre, Ho-Chi-Minh.

Hombres libres

Cuando soplan el siroco y la calima, queda un lugar habitable aún en este territorio: algo de dignidad en la desgracia, algo de estoicismo en el sufrimiento, algo de coraje en la desdicha, el valor indomable de los hombres libres.

Adargoma

La fila india del Adargoma, con la formación que ganó el campeonato juvenil de Gran Canaria en 1976.

sábado, 25 de octubre de 2014

Liderazgo

La burguesía fabrica sus propios líderes. Los dota de cargos más o menos rimbombantes, los unge de "carisma" a base de publicitarlos en sus medios de comunicación. Los líderes burgueses son presentados como "amigos del pueblo", pero encumbrados en altas cimas de responsabilidad. Esto es: "todo para el pueblo, pero sin el pueblo", salvo cada cuatro años cuando en época electoral se ponen en mangas de camisa y besan niños a diestro y siniestro.

Pero la burguesía también "fabrica" los líderes de la oposición que les interesa, y cuando le interesa. Sería ingenuo pensar que no interviene en qué tipo de oposición le conviene. Desde luego, no juega a la neutralidad. Por eso deberíamos estar atentos a sus jugadas, y no interpretar el mundo a través de los telediarios y las tertulias de los medios del enemigo.

A diferencia de los líderes burgueses, un líder revolucionario no necesita ser guapo ni tener un "pico de oro". Tampoco requiere cargos ni fanfarrias. Su fuerza no es otra que la que le da el pueblo. No es un jefe burocrático, formal. No le preocupa su buena imagen –que será atacada y denigrada en cualquier caso por los medios burgueses–, ni prioriza novedosas técnicas de mercadotecnia electoral.

Pongamos el ejemplo de Lenin. Nunca fue secretario general ni nada por el estilo. No era especialmente guapo. Ni siquiera era un brillante orador: los había mucho mejores en las filas bolcheviques. La mayor parte de las veces estaba en minoría –pero sabía estar en minoría–. Su cara no era conocida. Los obreros sólo sabían de él por sus artículos, repartidos en fábricas, granjas y trincheras. Era la fuerza de sus argumentos, la claridad con que se adecuaban de forma certera a la realidad rusa, lo que le convirtió en líder.

De hecho, cuando la noche del 6 al 7 de noviembre de 1917 intentó entrar en el Instituto Smolny de San Petersburgo –antiguo colegio "para Nobles Doncellas", donde se reunía el Congreso de los Soviets y desde donde se dirigía la revolución–, los guardias de la puerta no le dejaron pasar. "Soy Lenin", les explicó. "Claro", le contestó uno de ellos, "y yo soy la zarina de Rusia". Finalmente, en un barullo en la entrada, consiguió colarse dentro.

Como se dice, lo demás es historia.

sábado, 18 de octubre de 2014

Dándole vueltas (un cuento en blues con cigarro)

Gira el caimán y me habla:
-Alcanzar lo profundo y no quedarse en lo superficial; afronta la verdad y no las apariencias–.

Sí, pienso, pero lo profundo es lo que está en la raíz, lo radical. En cambio, en la superficie se vive más cómodo.

Se da la vuelta el perenquén y me habla:
–No estás contando mi historia.

–También es mi historia–, le digo. –Tú vives en presente continuo; para ti no hay relación entre causas y efectos. Pero el presente continuo es pasivo; el presente “humano” es activo. Esta es la diferencia entre karma y destino: la acción. Y, por lo tanto, la responsabilidad.

Rueda sobre su vientre el Ouroboros.
–Respeta a tus dioses, pues un hombre sin dioses es capaz de cualquier crimen.

Me arriesgo a convertirme en piedra mirándole fijamente a los ojos:
–Son los hombres con un dios los que más muertos han provocado– le digo.
–No me oyes, humano –me contesta. –Ten más de un dios, porque uno sólo es demasiado.
–¿Acaso eres Baal? –le respondo. Pero sé que lo que dice es cierto.

Dando vueltas a mi alrededor dice roncamente el tigre:
–Ama a tu patria.

–Sí, le susurro, amo a mi patria perdida en medio del océano. Pero mi patria son también la poesía y los albañiles. Todos y cada uno de los seres humanos que viven, que sufren, que luchan o que se han rendido.
–Eres demasiado débil o demasiado atrevido –dice desdeñosamente, dándome la espalda.

Se me acerca el león y ruge:
–Fortalece tu voluntad. Disponte a vencer.

Sí, pienso: atreverse a vencer es casi haberlo conseguido. No hay una fuerza más poderosa que la voluntad humana. Y sin embargo...

Entonces aterriza el dragón. Entre la humareda, me llegan sus palabras:
–Todo es impermanencia. La rueda gira y gira, como tu cabeza.
–Tú también, poderoso dragón. No te entiendo.
Furioso brama:
–¡Vive! ¡Vive ahora! ¡No hay otra!

Saco un cigarro:
–¿Sabes? Tienes razón. ¿Podrías darme fuego?

sábado, 11 de octubre de 2014

Pleaisla

Somos espectros abandonados con sigilo sobre la orilla,
en los días siempre blancos de un mar muerto interior,
donde no golpean las olas ni se quiebra la marea.

Gentes que llegaron abatidas a través del océano
para desembarcar en un tiempo uniforme y espeso,
las familias que no tenían apellidos ilustres,
ni pendones amarillos, ni blasones pálidos, ni jesuitas fríos.

Con paciencia humillada y compacta como común substancia,
frente a los dueños de la tierra y el agua, los bajeles fantasmas,
los piratas corroídos por el yodo y las mesas inaccesibles,
el enemigo,
con todos los vicios de los atridas y los sueños venenosos.

Náufragos de este malecón a la deriva,
de este país sumergido, un desvanecimiento de costumbres y razas,
una clepsidra rota que gotea resignación y miedo y resentimiento,
el pecho inundado de herrumbre en el pálpito y en los latidos.

Alguien vendrá a estas islas que se pudren en el tiempo,
como un rayo de luz largamente propagado.

Aquí nos quedamos desvencijados y heridos,
dispuestos,
acechando.

sábado, 4 de octubre de 2014

La fuerza de la ley

A poco que lo pensemos, las leyes no son ni verdades reveladas ni la materialización escrita de derechos inalienables. Por el contrario, no son sino la expresión, en el ámbito del Estado, de la correlación de fuerzas en un momento dado. Y eso es así desde la constitución española, “consensuada” con los cañones de la División Acorazada Brunete apuntando nuestras nucas, hasta los más humildes derechos laborales, cercenados por PP y PSOE a medida que la clase obrera se desmovilizaba y las centrales sindicales se vendían por un plato de lentejas –o de langostinos–.

Toda la retórica sobre respetar el “Estado de Derecho” no es más que la propaganda de los dominadores para que los dominados se resignen. En primer lugar, porque todo Estado –incluidos los fascistas– son “Estados de Derecho”, con su propia legalidad, por muy arbitraria y tiránica que sea. Pero, sobre todo, porque enmascara la propia naturaleza del Estado, como aparato de dominación de una clase sobre otras.

Y tal naturaleza del Estado no es más que la de la violencia organizada en régimen de monopolio (ejército, jueces, policías, cárceles, etc.). Ninguna ley se sostendría sin el respaldo de esa violencia, sin la aplicación de esa fuerza imperativa e incontestable. La “fuerza de la ley” no es otra cosa que la violencia del Estado. Y si, llegado el caso, resulta necesario para garantizar el poder omnímodo de la clase dominante, se saltan todas las leyes y se aplica directamente la fuerza bruta, como tan bien sabemos –o deberíamos saber– en el Estado español.

Claro que ése es siempre el último recurso. Prefieren dominarnos con el menor esfuerzo. Adoctrinándonos en obedecer a toda costa sus leyes, y en que si queremos cambiarlas debemos hacerlo siguiendo los propios “cauces legales”. Esto es: la oligarquía controla todos los medios de comunicación. Financia las campañas electorales de los partidos que le son afines. Después estos partidos dictan leyes totalmente favorables a los intereses oligárquicos. Y los demás debemos acatarlas porque son “democráticas”. Y si no, palo y tentetieso.

Por lo tanto, la cuestión no son las leyes, sino la fuerza –económica, ideológica, militar–. Es la fuerza lo que impone las leyes, y no al revés. Todas las estrategias políticas “pacíficas” que no tengan esto en cuenta, están condenadas a la derrota. A la hora de la verdad, lo decisivo no es tener la razón o la mayoría, sino tener la fuerza de nuestro lado. Dicho sea esto para los catalanes -¿cuántos tanques tiene la Generalitat?–, y para todos los demás.

Para no perder la perspectiva. O sea.