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sábado, 11 de julio de 2015

Democracia, personas, personajes


En cualquier organización popular verdaderamente democrática, los cargos y los candidatos no se eligen de abajo a la cúpula, sino de abajo a arriba, nivel a nivel. Esto es, no se votan carteles publicitarios, sino a compañeras y compañeros reales, no abstractos. Personas a las que conocemos directamente, sabemos de su compromiso, su entrega, su capacidad, su comportamiento en el trabajo, en el barrio, en las reuniones, su preparación y hasta en las sensaciones de su comunicación no verbal.

Ni se nos pasaría por la cabeza votar a quienes nos representen por teléfono, como si se tratara de los candidatos a Eurovisión, mandando un SMS, pongamos por caso. Los líderes verdaderamente democráticos lo son porque vienen apoyados por personas concretas, reales, tangibles. Sin ellas no son nada. Bien podrían decir de sí mismos lo que escribía León Felipe: “Yo no soy más que una voz –la tuya, la de todos– / la más genuina, / la más general”.

Lo mismo cabe decir de los posicionamientos y propuestas comunes. A nadie se le ocurriría aprobar algo sin debatirlo, sin sopesar los pros y los contras, sin matizar. No parece de recibo, ni democrático, ni participativo, votar un texto colgado en un tablón de anuncios en plan “o lo tomas o lo dejas”, sin más.

En cambio, para los partidos y organizaciones burguesas los afiliados son pura “masa”, seres abstractos que eligen a otras abstracciones: la de personajes dados a conocer por los medios de comunicación (burgueses, claro) y presentados como “líderes”. No se trata de organizar al pueblo, sino de “encuadrarlo” en la muchedumbre anónima que aclama al “jefe”.

Aquí todo es puro marketing, postureo, farfolla. No es el pueblo el que elige al líder, sino el líder el que elige la “franja de electores” a la que va destinado su “producto”. Y el “producto” varía en función de las encuestas. Estos son mis principios, digamos, pero, si no los puedo “vender”, tengo otros. El sacrosanto “mercado” es el que manda.

En ese modelo de partido, lo importante es que la masa sea amorfa pero siga al “jefe”, aplauda al “jefe”, vote al “jefe”. Y, una vez hecha la “venta”, al “jefe” le sobra ya la opinión y los intereses del “cuerpo electoral”.

Por eso lo que importa es ponérselo fácil a los “clientes”. Nada de latosas reuniones, actividades, esfuerzos, “comidas de coco”. Elijamos al dux con un clic de ratón o de móvil, cómodamente desparratados en el sofá. Uy, mira como tiembla el sistema. Pero qué guapo, qué listo, que bien habla.

A mí que me lo piquen menudo, que lo quiero para cachimba.

1 comentario:

Julio César De Cisneros dijo...

Es que si se crea un bodrio, donde los principios son los fundamentos de la revolución burguesa los llamados"Derechos Humanos". Si se sacrifican los principios, las ideas a una operación de despiste y se valora que dicha operación es una estrategia política de calado, vamos, de éxito. Si la estructura del partido no se construye sino a través de fidelidades personales. Como el ejército de "Pancho Villa". No se puede aspirar a tener un partido que actúe como un brazo político de los oprimidos, sino como un instrumento para carreras cortas. Para objetivos tácticos de muy dudoso éxito.
Pero si no disponemos de un partido con una ideologia, una táctica y una estrategia, en definitiva, con un programa de altura y capaz de dirigir la acción de lucha contra el capital político financiero. Tendremos que unirnos al ejército de "Pancho Villa" o quedarnos en la puerta de casa, esperando ver el "cadáver" de tu enemigo pasar. Lo que necesitamos y lo que tenemos guardan una distancia que se reduce mientras estás en el movimiento.