
Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad que huele mal. Acostumbrados como estamos a aguantar lo que nos echen, sólo en ocasiones percibimos lo nausebundo del aroma urbano. Construida con el urbanismo fascista, de espaldas al mar y de cara a la especulación, pasan las corporaciones municipales con sus ínfulas y sus súcubos, pero ninguna es capaz de arreglar cañerías y cloacas.
Apesta la política municipal. Apesta los amores decisivos con las corporaciones capitalistas a las que se entregan los servicios municipales. Ya se sabe: privatiza que algo queda. Apesta la (inexistente) política cultural. Apesta el festival de cine. Y el de ópera. Y el de música. Y el Womad. Y apesta esa cosa horrenda que han dado en llamar carnavales.
Vine a la ciudad enamorado de su bullicio, de sus gentes, de sus carteles luminosos. Me hice ciudad y calle y farola y semáforo. Pero, ¡ay de mí!, la ciudad apesta.
1 comentario:
Pues de Santa Cruz de Tenerife ni hablemos...
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