
- Millo relleno de caviar.
- Salmón ahumado.
- Erizo de mar.
- Tartaleta de cebolla y bulbos de azucena y ajedrea.
- Ternera de Kioto bañada en algas y condimentada con espárragos y salsa de sésamo.
- Tacos de atún con aguacate, salsa de soja y shiso.
- Sopa de almejas.
- Congrio con azucenas y vinagreta de soja
- Langostinos.
- Rollitos de anguila a la plancha envueltos en bardana
- Boniatos.
- Gobio frito en aceite de soja.
- Sopa de marisco.
- Pescado del Pacífico a la plancha con vinagreta de pimienta.
- Cordero lechal con hierbas aromáticas, trufas negras y salsa de piñones.
- Tabla de quesos con miel de lavanda y frutos secos.
- Degustación Fantasía del G-8.
- Café.
- Dulces rellenos de fruta.
Este opíparo menú caía plato tras plato mientras los comensales evitaban comprometerse a subir las ayudas a África en 50.000 millones de dólares a partir de 2010 y a fijar un plazo para ayudas destinadas a combatir enfermedades como el Sida, la malaria y la tuberculosis, que afectan gravemente a nuestro continente. Promesas que el G-8 había asumido en cumbres anteriores y que en esta oportunidad debían concretar.
Lo explicaba Bertolt Bretch: “a quienes viendo acercarse las escuadrillas de bombarderos del capitalismo siguen preguntándonos / cómo solucionaremos tal o cual cosa, / y qué será de su hucha y de su pantalón de los domingos después de una revolución, / a ésos poco tenemos que decirles”.
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