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sábado, 10 de septiembre de 2016

Chófer


Al amanecer sube al esqueleto metálico
para cruzar las calles como arboledas
dejando atrás el hogar y el humo.
Siempre adelante, al corazón del torbellino,
a la ondulante tormenta de tráfico y de criaturas,
rodando, rodando, rodando.

Descifra el movimiento y las distancias,
los giros, las vueltas, las palpitaciones,
para recorrer la jornada y el relámpago,
las señales, las ondulaciones, los signos,
rodando, rodando, rodando.

Su alma es ancha y el camino largo.
Un día y otro día y otro día,
dibujando las mismas líneas
en la alfombra urbana.
A nadie interesa su corazón,
ni los surcos en su rostro anónimo,
ni su religión, ni sus amantes.
Sólo que siga en el asfalto,
rodando, rodando, rodando.

A veces busco en su mirada
un territorio común donde encontrarnos,
un reconocimiento trémulo y apresurado.
Otras veces sospecho que me escucha,
que percibe mi tristeza o mi cansancio,
mientras cierra las puertas y seguimos
rodando, rodando, rodando.

Marca la ruta de mis palabras.
Yo consigo trayecto y poesía,
movimiento, dirección, sentido.
Metáforas que se desplazan. Aire.
Y él sigue
rodando, rodando, rodando.

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