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sábado, 23 de abril de 2016

Caballero


Si hay cosa que me fastidie es que me llamen “caballero”. Y no es por la edad, que hace tiempo que ya correspondería. Se trata de que ni tengo caballo, ni le quito su cosecha a los campesinos, ni exploto a siervos de la gleba, ni violo doncellas. A quienes me dicen “caballero” con buenas intenciones, no puedo menos que recordarles que es un gravísimo insulto, una burda injuria.

De la misma manera, tampoco soy un “señor”. Ni tengo títulos de nobleza, ni mando o señorío sobre nada ni nadie. Y, por lo mismo, me sobra el tratamiento de “don” –ya saben: del latín dominus– porque no soy “dueño” ni jefe doméstico. En mi casa, como dicen en Monty Python and the Holy Grail (vendida en el Estado español como Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores), somos “una comuna anarco-sindicalista”.

Los proletarios, aquellos que vivimos de un salario, ni somos “caballeros”, ni “señores” ni llevamos tratamiento de “don” –o “doña”–. Eso queda para mandamases feudales y burgueses. Así que, por favor, no usen tales apelativos conmigo.

¿O acaso hay palabras más hermosas que compañero y compañera?

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