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sábado, 12 de marzo de 2016

Hombres nocturnos



A los obispos no les gustan los “hombres nocturnos”, ni los “clubs de hombres nocturnos”. No digamos las “mujeres nocturnas”.

A pesar de ser yo mismo un hombre nocturno, no dejo de entenderlos. En la noche todos los hombres son pardos, y las mujeres violetas. Cuando el sol se pone, las sombras se llenan de peligrosos bolcheviques haciendo pintadas. De vampiros, súcubos, poetas, brujas en escoba y otros monstruos. Y si hace luna, incluso de mujeres lobas, de demiurgos y hechiceras.

Para los hierofantes católicos, la noche es pecado, humedades, gentes de mal vivir, reuniones heréticas, citas clandestinas, gemidos, lo innombrable. ¡Cómo no van a temer al crepúsculo, cuando tanto temen que su dios haya muerto!

Para terminar de producirles temblores, el proletariado tiene la mala costumbre de que, dado que por el día anda ocupado en asuntos laborales, al caer la noche se entrega al frenesí de la lujuria, de la lascivia, de la concupiscencia, de los frotamientos y el folleteo. ¡Hombres con mujeres! ¡Hombres con hombres –nocturnos–! ¡Mujeres con mujeres! ¡Una pesadilla de travestis, transexuales, tríos, orgías! ¡Besos blancos, besos negros, besos húmedos, sexo oral, contra natura! ¡Cosas nefandas, sin la dispensa de la pederastia, alejadas de la sutileza del abuso de menores! ¡Sin olor a sacristía, por Dios!

Bajo las luces de sodio, el Apocalipsis.

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