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sábado, 1 de noviembre de 2014

Pleahombre

Nos apiñamos mirando insistentemente desde la orilla,
sobre los tetrápodos de la autovía, paralizados,
pero ya está aquí, entre nosotros, sonriendo,
y le brillan los ojos como un arcoiris de acero.

Seguimos esperando su pelo revuelto,
sus formas de guerrero, la katana
y el collar de huesos y caracolas,
pero ya ha llegado y no le hemos reconocido.

Tiene un nombre vulgar y no cena en los tabernáculos,
pero ha llegado como una sanguinolenta flor de nuestra propia carne,
su sangre salada como los ocho mares.

Ha desembarcado desde el mar interior de esperma y de relente,
y nos mira con un deleite verde, con un fulgor opaco,
con una confianza en nosotros de la que carecemos.

Como una espada terrible se ha puesto en nuestras manos,
y llega para que le empuñemos, para que nos convirtamos
en un río de cuchillos, en un océano de alfanjes,
en un huracán de cimitarras.

Llega, este hombre,
para que crezcamos sobre el mar.



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