Atrapado en el samsara, nada tengo que ofrecerte.
En mi existencia hay noches que nos
separan
o simplemente no existen, y barrancos
silenciosos
y caminos oscuros y jardines cerrados.
Canto lentamente tus besos desbordados
y el millo puesto a secar,
el olor agrio de los barrios periféricos
y el fulgor de los jóvenes insurgentes.
Te abrazo sin conocerte y me abro a ti
como una flor mojada
derramando sobre el papel la emanación
del viento masculino
para que forjes las herramientas de lo
verde y la ternura.
Verás frente a mi puerta sólo hondas
derrotas,
charcos de miel y un resumen rojo
impregnado de sombras ausentes y
movimientos herrumbrentos.
Hacia mi soledad suben las señales de una
confusa ambrosía,
deshojando hebra tras hebra las
constelaciones del futuro,
amarrado desnudo al temblor de tu herida
indomable.
Sin dormir con mis sueños todavía,
haces crecer la esperanza como un árbol
con raíces escondidas entre el humo y los
albañiles.
De estos naufragios desdichados se elevan
gaviotas
empapadas en substancias submarinas,
mientras en las calles los miserables
se imponen a la muchedumbre triturada,
bendecidos por sacerdotes ebrios y
efigies vengativas
desde cubiles saturados de hadas malvadas
y reyes retorcidos.
La pústula de los tribunales y los sátrapas
del aluminio
serán barridos por la tormenta que domina
tu espada
el día que digas basta y hagas un gesto
definitivo.
No busques vino en mis palabras, ni
semillas de adormidera
ni estrofas sin sentido.
Cuando llegue el momento del agua y los
martillos
yo ya no estaré contigo.
Nada tengo que ofrecerte:
cumple, pues, con tu destino.
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