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sábado, 22 de octubre de 2011

Paseante solo

Deambulas entre el tráfico plomizo
bordado en pespuntes de taxis
y el vapor que sube del asfalto.
Las aceras marcan el eterno retorno
a las esquinas donde se pierde
la memoria de todos los naufragios.

Vives ahora en territorio ajeno, perpetuamente
exiliado en esta tierra de nadie,
en la perenne frontera
entre el mar y la muerte.
El hollín de los tubos de escape
se ha pegado a tu piel mientras viajabas
de la oscuridad a las luces de sodio,
cruzando parques con farolas rotas,
y corazones rotos, y papeles sucios.

No hay refugio para el dolor que portas
como un mensaje a futuros fugitivos.
Sigues recorriendo los adoquines
y el cronómetro, entre geometrías
de hormigón y trazos de aluminio
que forman parte ya de las ruinas venideras.

Sigues desgastando la soledad y los zapatos,
hasta el horizonte horizontal y derramado,
donde llegues por fin a puerto amigo,
a la terminal de los profetas
y los niños descalzos.

Sigues caminando. Buscando
el pulso irresistible de los barrios periféricos,
el latido donde la ciudad acaba
en gemidos, proletarios y barriadas.

Sigues. Hacia donde la ciudad
se convierte en patria.

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