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miércoles, 6 de enero de 2010

Gafas

A pesar de usar gafas desde los dieciocho años, como tantos otros, y con la edad, he ido perdiendo vista. Si no fuera por estos cristales ultrafinos modernos, iría por la vida con unas gafas de "culo de botella". Vamos, que veo menos que Pepe Leches, que no sé quién era pero debía ser bastante cegato. Cada vez más dioptrías, o sea.

En esto como en otras cosas, el paso del tiempo nos va dando señales que, a pesar de todo, siempre nos cogen de sorpresa. Aún recuerdo cuando la gente empezó a tratarme de "don" y a llamarme señor (lo de "caballero" lo he podido cortar: inmediatamente explico que ni tengo caballo, ni siervos, ni voy violando doncellas).

Después fué mi hijo el que, con menos de tres años, se dedicó a llamarme "viejo". La primera vez que se lo oí me quedé paralizado como el pato Lucas. "¿Cómo que viejo?", me dije a mí mismo, "viejo es mi padre". Pero así son las cosas.

Y el remate final fué el de mi oculista cuando me recetó gafas para cerca y para lejos. En mi mente esa dualidad en los anteojos estaba reservada a los abuelitos.

Me temo que la siguiente puñalada me le de otra vez mi hijo cuando, en pocos años, me haga efectivamente abuelo. Ya les digo: va uno para atrás como los cangrejos.

Eso sí: que me quiten lo bailado (y aún no he tirado la toalla).

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