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miércoles, 9 de diciembre de 2009

Caimán (III)

Por aquella época el tío Ramón estaba haciendo el servicio militar a más de quinientos kilómetros, en Aviación, y hasta se había echado -tan joven y tan guapo- una novia por allá, Herminia, dejando acá colgada a Pepita, su novia de toda la vida, que Eloísa la veía llorar y se le partía el alma.

Como estaba de nuevo embarazada y a punto de parir, Ramón les dijo que se fueran a donde él, que allí les encontraba trabajo y casa, así que cogieron los pocos bártulos y el barco y partieron, y hubo una tormenta terrible, y cuando llegaron Ramón les esperaba en el coche que su nuevo suegro le había regalado, un Ford Taunus envidia del personal, y ahí comienzan los primeros recuerdos en la vida de Miguel, una carretera oscura desde la parte de atrás de un coche, y árboles grandes que miraban como gigantes sombríos y aquella noche que pasaron en casa de los padres de Herminia.

Al día siguiente alquilaron una casa, en doscientas pesetas, cerca del pueblo y al lado de la carretera que iba a la capital, salvo una habitación que era para la dueña de la casa, doña Petra, una vieja conocida del lugar que andaba caminando por veredas y matorrales con sus cerca de noventa años, algo hedionda según Eloísa, pero Miguel recuerda las papas arrugadas que hacía y como se las daba con sus uñas negras y a él le sabían a gloria, aunque su madre se aterrorizara.

A los tres días de estar en la casa nacieron los gemelos, hacía solo cinco que los habían echado de la otra casa y habían tenido que marcharse tan lejos; Javier nació con buen peso, pero Lila parecía más flacucha; nació regañada, y comían que daba gusto; Javier le hacía sangrar los pechos y Eloísa sufría con aquel niño glotón que lloraba a la menor pausa, y Miguel andaba tranquilo sin saber nunca lo que fueron celos.


Bajo el alisio, de Rodolfo Santana

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