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domingo, 25 de octubre de 2009

Pobreza en alas

Vivimos demasiado lejos, demasiado abajo,
en tierras que se pudren
como una postal tirada a la basura.
Nacemos, damos tumbos, morimos,
Entregamos el aliento a números y casillas.
Somos la masa que contiene las lágrimas,
que sobrevive entre los trazos de planes ajenos.

He aquí a los míos:
los que miran el suelo siguiendo huellas vacías,
los que apenas están y existen ausentes,
los rotos, cada mañana recompuestos.
Están hechos de la sustancia de las herramientas,
del metal mil veces golpeado,
de desconsuelo y celebraciones familiares,
de huidas perpetuas y miradas calladas.
Están hechos de barro y de caricias,
de sudor, de aguardiente y de tabaco.

Persisten
sobre la piedra angular de la carne,
sobre el acecho de las mareas,
sobre el vértigo de los barrancos.
Late su sangre en impulsos amargos,
al compás de las semanas y los semáforos.

A veces cantan. Sus voces
ahuyentan los maleficios. Vibra
una esperanza obstinada en sus gargantas.
Cantan y son dueños del aire y del sonido.

Construyen el mundo. Como yo construyo
sueños para alimentarles.
En su casa, en su humilde sala,
se han instalado los abaceros para cambiar
el oro de su alma por fatigas interminables,
por dioses, leyes, órganos judiciales,
por televisión y baratijas.

Yo les hablo de la posición del arquero.
De la aljaba, de la cuerda, de la flecha,
de la diana convertida en un espejo.
Traduzco su pesadumbre en certeza,
descifro los signos del siglo,
explico las señales estelares.
Aguardo el tiempo.

Los veo desventurados y pálidos,
a la deriva en amaneceres programados.
Tiernos. Débiles. Obstinados.
Una multitud informe que surge
de los barrios periféricos,
un ejército terrible en los arrabales.

Estoy hecho de sus mismos materiales.
De mar. De tierra. De pobreza.
Con ellos me muevo, respiro, me alimento.
Son mi círculo de hierro,
mi sangre, mi piel, mi llanto.
Yo también trabajo, palpito, deseo,
toso, escupo, maldigo.

La furia en que vive mi espada
está templada en su mismo fuego.

De Diario íntimo de una bomba a punto de estallar)


Sirinok, de Rodolfo Santana

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