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domingo, 10 de mayo de 2009

Vampiros

Siempre he sentido especial debilidad por los vampiros. Ya saben: vida nocturna, fotofobia mañanera, sueño diurno –o sea, el turno cambiado– y una eterna e irreprimible necesidad de sangre fresca.

Aunque claro, para auténticos chupasangres, quienes viven en el llamado primer mundo. Los que pueden comer chocolate todos los días, porque el cacao se le paga a precios ínfimos a los países productores. Y que pueden comprar camisas de algodón sin quebranto para el bolsillo, porque en alguna parte hay unos pobres desgraciados fabricándolas por cuatro perras. Que tienen coches, muebles, ropas y alimentos gracias a que viven del expolio de la inmensa mayoría de la humanidad. Si no, de qué.

Por eso, porque viven tan acomodados, pueden preocuparse de la capa de ozono y del peligro de extinción de las ballenas, cuando la población de todo un continente -nuestro continente- es la que va camino de desaparecer ante la indiferencia general o la hipocresía cariacontecida. Y el resto, a producir barato (ser competitivos, que queda más fino).

A esta forma de vampirismo le llamamos globalización, que suena mejor que imperialismo. Y hablamos de deuda externa, para no hablar directamente de saqueo. Ya me entienden: les prestamos dinero para que compren productos del primer mundo a precios del primer mundo.

Como haciendo eso no pueden pagar, los paises imperialistas (uy, perdón, del mundo libre) se cobran en materias primas a precios del tercer mundo. Con lo cual no sólo seguirán siempre siendo acreedores, sino que los países pobres se ven obligados a pedir prestado de nuevo a los ricos para poder pagarles los intereses.

Y encima, la miseria les hace propicios para ser utilizados en guerras. Con lo que, además, los civilizados y democráticos países fabricantes de armas hacen el negocio redondo.

Por eso, para poder usar esas cómodas zapatillas, o simplemente para poder tener encendido el televisor tantas horas, cuarenta mil niños (de entre dos y cinco años) mueren cada día de hambre. En lo que se abre la nevera (dos o tres segundos) cae fulminado uno. Pero hay que seguir llevando sangre en dólares o en euros a los poderosos porque si no, nos aseguran, el mundo no puede funcionar.

Así que cuando ustedes vean a una de esas pobres almas condenadas que tienen que dormir en ataúdes, no les de miedo. Más bien pena. Nada que ver con el Banco Mundial, con el FMI, con la banca, con las multinacionales. Vampiros, ¡bah!: aficionados.

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