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domingo, 12 de abril de 2009

Salario

La palabra "sal" proviene del nombre latino de la diosa de la salud: Salus. En la antigüedad la sal era un elemento escaso y valorado, ya que no sólo se usaba como condimento sino que era esencial para salar y conservar comida. Además se usaba como antiséptico en las heridas.

La cosa llegó a tal punto que se utilizaba como moneda. De hecho, fue el motivo para construir un camino desde las salinas de Ostia hasta Roma, unos quinientos años antes de nuestra Era: la "Vía Salaria". Los soldados romanos que vigilaban esta ruta recibían una parte de su paga en sal, la "salarium argentum". De ahí viene la palabra "salario". Y ya ven, los que tenemos que vender nuestro trabajo para poder sobrevivir, los "asalariados", seguimos siendo "la sal de la tierra".

Es el trabajo lo que le da valor a las cosas. Una piedra no vale nada. Una piedra trabajada, en cambio, tiene valor. Comemos porque hay gente que trabaja la tierra, transporta la comida, etc. Y lo mismo cabe decir para nuestra ropa, para el agua que bebemos o la luz que nos alumbra. Son los asalariados los que sostienen el mundo y lo mantienen en marcha. Sin embargo, no parece que seamos los que más disfrutamos de la riqueza que producimos.

Qué quieren que les diga cuando, además, los salarios son especialmente escasos. O cuando pierden permanentemente la carrera con la subida de los precios, de forma que cada vez alcanzan para menos, mientras los miles de millones van a "ayudar" a los bancos, a los grandes corporaciones, a los multimillonarios, esos pobrecitos desgraciados.

Que nos lo digan a los canarios, que tenemos los salarios más bajos de la Unión Europea y la jornada laboral más larga. Que vemos como la riqueza producida en nuestra tierra es sacada a paletadas para enriquecer a un puñado de grandes bancos y multinacionales. Que asistimos inermes a que el 0,2% de nuestra población, poco más de tres mil personas, acaparen el 40% de la riqueza que producimos. Veinticuatro mil millones en la RIC, y la más de la cuarta parte de los canarios bajo el umbral de la pobreza. Eso sí que es echar sal en la herida, o sea.


Bocas de Ceniza, de Rodolfo Santana

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