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viernes, 7 de noviembre de 2008

Odio

Hay quién desata su odio contra uno por razones (es un decir) en cuyo delirio ninguno de nosotros puede influir. El odio porque uno respire. El odio anticomunista. Odio de clase, o sea. El odio por que uno exprese las ideas que tiene o, peor aún, las defienda con cierto éxito. El odio del que siempre quiso ser califa en lugar del califa, y nunca estuvo a la altura. El odio del que se ve retratado en la foto que hacemos de la realidad y carece de argumentos para refutar lo evidente. El odio del mediocre. El fétido odio del que ha vendido su alma por unas acciones, o por una canonjía.

Difícilmente tiene solución esa enfermiza vocación del odio. Bertolt Bretch lo expresó mejor en su poema La máscara del mal:

Colgada en mi pared tengo una talla japonesa
máscara de un demonio maligno, pintada en oro.
Compasivamente miro
las abultadas venas de la frente, que revelan
el esfuerzo que cuesta ser malvado.


Barón Rojo interpretan Resistiré

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