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martes, 18 de noviembre de 2008

Creación, difusión, intermediación (III)

En tal sociedad, en la que la aspiración máxima no es la de ser, sino la de aparentar, y en la que las grandes ambiciones se limitan a tener más que el vecino, en una perspectiva provinciana y colonial; en una sociedad tal en la que la máxima aspiración cultural de nuestra burguesía es la de estar tumbados en el bungalow junto a la playa, o en el yate, con dos “cuerpos”; en esta sociedad, la creación, y muy especialmente la literatura, no dejan de ser cosas a despreciar, “mariconadas”.

Dado que en una sociedad determinada, las ideas dominantes son las de la clase dominante, ese espíritu de supremacía de la intermediación sobre la producción es el que reina entre nosotros. Así, entre nuestra obra y el lector, se interponen intermediarios de todo pelaje, criados al calor de nuestra idiosincrasia o de nuestra idiotez. Escasas y pequeñas editoriales, la mayoría de ellas con criterios privadísimos y poco sociales o populares, pero que viven de las subvenciones públicas. Políticos semianalfabetos recién salidos del sahumerio de las parroquias rodeados de, digamos “técnicos”, y altos funcionarios caprichosos y clientelares. Medios de comunicación propiedad de semejante burguesía y en los que la última tontería publicada en Madrid o Nueva York prima sobre una creación canaria a la que se desprecia. Burócratas universitarios que no consideran dignos los autores canarios, ni para mojarse por ellos ni para engordar su curriculum. Intermediación, mediocridad, paletismo, deportación interior y ostracismo, agrupamiento en clanes mínimos y serviles: tal es el paisaje de nuestra desesperación.


Silvio Rodríguez canta En estos días

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