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domingo, 16 de noviembre de 2008

Creación, difusión, intermediación (I)

A pesar de los rumores al respecto, el escritor no produce su obra en las nubes, en una torre de cristal o en una galaxia lejana. Es, ante todo, un ser humano que respira, duerme, se alimenta y aprende su idioma y los signos que lo representan, en una sociedad determinada. Vivimos inmersos en una geografía, una historia, una cultura y una estructura de poder particulares.

Nuestra obra no sólo se ve condicionada por esta realidad, sino que sería inexplicable sin ella. Neruda no fue un rapsoda ciego que contaba guerras muy antiguas a gentes que desconocían que la tierra era redonda, ni Omar Jayyam hubiese podido cantar a los remaches de acero del puente de Brooklyn con la blusa amarilla de dandy de Maiakovski. Luis León Barreto no es un sacerdote taoísta chino; Alonso Quesada no era un príncipe zulú.

Independientemente de ello, determinados escritores sobresalen de su época; abren un espacio en el que todas las mujeres y los hombres nos reconocemos, más allá de nuestros paisajes o nuestro tiempo. Sin embargo, incluso esos maravillosos creadores han padecido los rigores o las ventajas de su país y de su momento histórico, al igual que fueron varones o mujeres, tuvieron los ojos azules o el pelo ensortijado, sufrieron heridas en guerras crueles o pasaron hambre en sótanos inmundos.


Silvio Rodríguez canta Te doy una canción

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