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domingo, 10 de agosto de 2008

Duros

De pequeños nos enseñaron que teníamos que ser machotes. Que los hombres no lloran. Ni gimen. Ni se besan. Teníamos que demostrar una cierta ferocidad. Devolver golpe por golpe. Salvo, claro, que el golpe viniera de la autoridad constituida. El maestro. El guardia. Los padres. El cura.

Además, teníamos que ser atrevidos. Arriesgada-mente bárbaros. O, al menos, aparentarlo. Porque sólo había una cosa peor que que te llamaran "gallina": que te llamaran "niña". O "mariquita". Tales terribles insultos eran intercambiables entre sí. Por eso debíamos ser crueles. No confraternizar con las mujeres. Alejarnos de los homosexuales. Mear más lejos que nadie. Escupir. Fumar como carreteros.

Escondíamos nuestra debilidad detrás de una coraza. Y si había problemas, ahí estaban mamá, la abuela o la hermana para echarnos un capote. Pasados los años, algunos dejaron todo eso atrás. Y se convirtieron en tipos verdaderamente duros. Tan duros que no se cortan un pelo en abrazar y besar a los amigos que quieren. Más aún: son tan duros que reconocen, como si tal cosa, que quieren a sus amigos. Son tan recios que, si les apetece llorar, lloran.

Pero eso no es nada. Son tan fuertes que lavan la ropa. La tienden. La recogen. La doblan. La planchan –empezando las camisas por el cuello–. Son tan independientes, que hacen la comida. Y sin dejar la cocina hecha un salpicadero. Son tan acerados que friegan la loza. Pero todos los días, o sea. Nada de hacerlo de vez en cuando, como para ayudar. Con determinación férrea, limpian el baño, barren, quitan el polvo, baldean los pisos. Hacen la compra, mirando bien calidades y precios, pues han aprendido la importancia de saber hacerlo. Son tan duros, tan duros, que saben cambiar pañales con una sola mano, comprobar la temperatura del biberón, poner el termómetro.

Son conscientes, además, de que todo eso no tiene ningún mérito. Porque son tan enteros, que no quieren que nadie les haga de sirviente. Se encuentran entre ellos e intercambian con naturalidad comentarios sobre detergentes, sobre política, sobre fútbol, sobre sexo. Sean heterosexuales o gays, son profundamente masculinos, viriles, sensuales.

Todavía son bichos raros, hay que reconocerlo. Por eso hay lista de espera, mis niñas. Yo mismo estoy tentado de coger la vez.


Bill Haley canta Rock Around The Clock










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