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sábado, 23 de agosto de 2008

Crononauta (II)

Volví al VET, y estuve encerrado más de un mes. Bueno, lo que estuve es borracho, mientras me compadecía de mi sufrimiento. Nunca más me involucraría: ¡cuánta razón había en tan sencilla norma! Cuando se acabó el ron, empecé a compadecerme de mi estado físico. No es que tuviera mucha importancia el periodo que pasara en el Vehículo Espacio Temporal mientras tuviera provisiones: para el resto del Universo no pasaba el tiempo — ya lo sabrán ustedes por los documentales sobre el Instituto, debidamente censurados, claro —, pero uno no es eterno, así que mejor empezar a normalizarme e iniciar mi segunda estancia. Así que con el corazón partido, me puse la ropa de gentilhombre de la Francia de fines del XVIII, que tan bien sentaba a mi estado de ánimo, y de nuevo moví el correspondiente interruptor de mi cinturón.

A pesar de lo lúgubre de mi ánimo, París estaba radiante la tarde del 21 de julio de 1798. Llevaba conmigo la llave de una casa que el Instituto usaba como tapadera, en la Cours de la Reine, cerca del Campo de Marte. Los sans-culottes apenas se veían por la zona, y los que lo hacían tenían un aspecto mas bien lamentable. Se suponía que debía estudiar la reacción termidoriana y el ascenso de un joven general corso que, precisamente hoy, le estaba dando una fenomenal paliza a los mamelucos ante las pirámides. Desde luego, yo tenía que pasar desapercibido para el Segundo Directorio, así que contaba con los papeles adecuados que me presentaban como un segundón de una familia italiana del Piamonte, empeñado en divertirme en la ciudad de la luz, y un poco obtuso.

Con ciertas cartas de presentación, totalmente falsas pero indistinguibles e incomprobables, y tras dejar mis cosas en el piso, me dirigí a la mansión de Madame Marie-Joshèphe Rose Tascher de La Pagerie, viuda del vizconde Alexandre de Beauharnais y, desde hace dos años, flamante esposa del impetuoso general Bonaparte, de campaña en Egipto.

Cuando llegué ya oscurecía, y el palacete se veía iluminado y con varios carruajes apostados delante. Evidentemente, tenía visita. Tras presentar mis cartas a través de un estirado —y empolvado— mayordomo, la misma Josefina salió a recibirme personalmente. Se la veía arrebolada y radiante. Había nacido en la Martinica veinticinco años atrás, y su extraña belleza me dejó sin habla.

—Pero no se quede usted ahí, Monsieur Faonetti, venga a reunirse con mis amigos. Y por favor, ¡esta noche no hablemos de política!—.

Como en una nube la seguí por los salones mientras me iba presentando a unos tipos con ínfulas de trascendentes y, para mi envidia, muy jóvenes. Confieso que ya desde entonces empecé a sentirme celoso y, aunque aún tenía el corazón desgarrado, empecé a albergar ciertas esperanzas sobre aquella naricita respingona.

Con cierta facilidad me convertí en uno de los habituales de sus reuniones. El problema era que el presupuesto de los muchachos del Instituto es un poco rácano en lo que a variedad de trajes de época se refiere. Se supone que uno tiene que pasar discretamente por este nudo espacio temporal, y no competir con los jóvenes burgueses en elegancia. Empecé a sentirme enfermo cada vez que la veía cuchichear con uno de aquellos jovenzuelos, con los que era consciente estaba engañando a su esposo. No debería ser asunto mío, pero no podía evitarlo, a pesar de que me repetía una y otra vez que no debía involucrarme. Como un pasmarote, me pasaba las horas silencioso mientras ella giraba y se movía encandilándonos a todos.

Ya desesperaba de aquella situación cuando un día se sentó a mi lado, en un aparte. Cogió mis manos entre las suyas y me miró tiernamente a los ojos.

—Querido Luigi, qué triste parecéis siempre—. No supe que responderle, y bajé los ojos aturdido. Acariciándome el pelo, se acercó más a mí.

—Alguna mujer os ha debido romper el corazón, amigo mío—.

—Preferiría... Perdonadme, querida niña, pero no quisiera hablar de ello—.

Esas palabras parecieron conmoverla aún más. En fin, supongo que yo tenía un aspecto patético, esa imagen trágica y callada que tanto gusta a las mujeres en determinadas épocas. Afortunadamente, ésta parecía ser una de ellas, y no otra en las que te toman por un tipo aburrido y soso.

—Venid esta medianoche, cuando todos se hayan ido, y entrad por la puerta del jardín. Os estaré esperando, querido mío—.

El corazón volvió a darme uno de esos vuelcos locos que tan bien conozco, y que tantos problemas me crean. Esa misma noche entré furtivamente por el jardín. La pequeña puerta se entreabrió y Josefina me arrastró a su lecho en una nube de negligés y sábanas.

París nunca estuvo tan hermoso como en aquellos meses. Yo sabía que no era el único en su lecho, y a veces me ponía un poco pesado tras nuestras citas nocturnas, pero ella reía a carcajadas y espantaba mis quejas con un ademán.

—Monsieur Faonetti, no sois mi esposo, sois mi amante. Portaos como tal. Y ahora, venid a besarme—.

Así que cada día la amaba más. Estaba dispuesto a que el Supervisor Kowalls me arrancase la piel a tiras. Incluso a dejar el Instituto de Historia, mi futuro (o sea, el futuro) y mi trabajo, deshacerme del cinturón y quedarme para siempre en los brazos de Josefina. En ciertos ratos de lucidez sabía que eso era una locura, pero procuraba obviar esas oscuras reflexiones y volver otra vez al amor.

Un año más tarde, cuando soplaba ya el viento de octubre por las calles de París, Josefina me hizo llamar a media mañana. Yo no sabía en qué día estábamos, pero me alarmó una cita tan formal y a unas horas tan extrañas. Con el corazón desbocado entré en la biblioteca, donde ella me esperaba de pie, muy seria.

—Siéntate, querido Luigi. Tengo que decirte algo, y quiero que te portes bien cuando lo haga.

—Josefina, yo ...

—No, calla y escucha. Y, ¡por favor, no pongas esa cara de cordero a punto de ser degollado!—. Suspiró como para tomar fuerzas, mientras yo me tenía que sentar porque los pies no me sostenían. —No he querido decirte nada, para no estropear lo nuestro, pero esa banda de campesinos corsos..., la familia de mi marido, ya sabes, han estado enviándole cartas acusándome de estarle engañando.

—Pero, querida niña...

—Oh, por favor, Luigi. Ya sé que es cierto. Pero esas arpías son tan atrasadas... ¿Qué querían que hiciera en París, cuándo mi esposo anda en el extremo del mundo para su gloria? ¿Acaso se ha mantenido sin probar mujer? Espero que no, desde luego. Me quedaría muy preocupada.

—Pero, amor mío...

—Mira Luigi, hoy es diez de octubre. Anoche Napoleón desembarcó en Fréjus, y pronto estará en París. Seguro que vendrá muy enfadado conmigo, y tengo que reconciliarme con él.

—Pero yo te amo.

—Pobre Luigi, me amas. Sí, eres tan cariñoso y amable... Seguro que tú me amas, pero él es Francia. Lo nuestro se acaba. Quise decírtelo personalmente, así que ahora demuestra ese amor y déjame seguir mi camino.

—Podrías... yo... tú...

—No te pongas pesado, anda. Pórtate bien—.

No sé ni cómo llegué a la Cours de la Reine. Cogí todo el vino de la casa, e hice girar el interruptor que me llevaría al VET. Había vuelto a cometer el mismo error, otra vez el mismo error. Pero, ¿cómo no involucrarme? Desde luego, esos fríos burócratas del Instituto no sabían nada.

O sí, y precisamente por eso exigían nuestra lejanía emocional de las gentes que estudiábamos. En una nube de alcohol pasé los siguientes dos meses. Ya se darán cuenta ustedes de que esto tampoco era nuevo. Cuando despertaba, con unas resacas espantosas, me ponía a llorar como un niño, durante horas. Por fin, cuando se acabó el vino, tomé una seria decisión. Nunca más me involucraría: no más reincidencias.

Continuará...


Tubular Bells (Parte II) de Mike Oldfield


[Gracias. Agustín Mora]




[Adiós Musharraf, hola talibanes. Syed Saleem Shahzad.]


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