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martes, 8 de julio de 2008

Colonizados

Al colonizado se le distingue, en pri-mer lugar, por una cierta postura corporal. Parece que va a hacer una reverencia de un momento a otro. Cuando habla con gente a la que considera mejor colocada en la jerarquía social, se inclina incons-cientemente. Y no vean la sonrisa amable y bobalicona que se le pone.

Si el interlocutor es de fuera –entendámonos: un "fuera" metropolitano, no de países pobretones–, nuestro personaje no duda en hacer un supremo esfuerzo de pleitesía. Se desvive en agradarle. Incluso imita su acento, en la firme convicción de que el suyo es plebeyo e incorrecto. De hecho, tras rimbombantes declaraciones de amor a su tierra y a sus costumbres, el colonizado desprecia profundamente a su propio pueblo. Solo lo soporta en tono de verbena, parranda o romería.

En el fondo considera a los suyos gente ruin, bárbara, de la que conviene desmarcarse, no sea que lo vayan a confundir. Una mínima atención que reciba de los metropolitanos es exhibida como un gran logro. Lo que viene de fuera siempre es digno de encomio y de imitación. Lo que se hace en su tierra es sospechoso. De los suyos no puede salir nadie bueno. Por eso destaca a bombo y platillo la llegada del último famoso foráneo, y ningunea sistemáticamente a cualquiera de sus paisanos sospechoso de tener talento. A esa endofobia le llama ser cosmopolita.

Pero lo que más odia el colonizado es que alguien ose criticar a la superioridad. Cómo se puede aguantar que alguien la incomode. El que critica pone en peligro el statu quo, el obtuso conformismo en que el colonizado confía en medrar. Cualquier discrepancia es considerada una crítica destructiva, una acción corrosiva. Frente a la cual el colonizado puede hacer méritos desplegando su lealtad servil. Poniéndose en la cabeza del linchamiento de los disidentes. E incluso levantando la bandera patria para escachar a los suyos.

Ah, pero cuando el colonizado alcanza algún tipo de poder, agárrense los machos. Y las mujeres. El despotismo cipayo es para echarse a temblar. Pobre de aquél que le tosa, porque entonces sabrá cuánto ha aprendido de los blancos.

Comprenderán que, precisamente para acabar con el colonialismo, primero tenemos que dejar de pensar y vivir como colonizados. Descolonizar nuestras mentes, o sea.


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