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sábado, 21 de junio de 2008

Sin papeles

Compasión: compartir la desgracia ajena, sentirla, dolerse de ella. Imagínese que es usted africano. No es difícil ¿verdad? Imagínese que su país es muy pobre porque, durante siglos, ha sido saqueado por una o varias potencias europeas. Imagínese que hoy esas potencias compran la producción de su país a precios ridículos. Y que gracias a ello los ciudadanos occidentales tienen ropa barata, comen chocolate todos los días, queman gasolina, viven a cuerpo de rey.

Imagínese que, para que ellos disfruten de esos lujos, sus paisanos deben vivir en la más absoluta miseria. Imagínese que cada vez que su gente ha intentado cambiar las cosas, los países occidentales han intervenido política y militarmente para imponerles un dictadorzuelo que les permita seguir expoliándoles. Que las multinacionales organizan guerras tribales para disputarse sus materias primas.

Imagínese que, encima, esos países occidentales les imponen créditos para comprar los productos de ellos a precios exorbitantes. Y que esa deuda tiene unos intereses tan abusivos que nunca podrán ser pagados. Que siempre van a más.

Imagínese que su familia se muere de hambre. Que no tiene ropa, ni medicinas, ni escuelas, ni hospitales. Que, desesperado, usted se juega la vida por llegar a donde hay comida, aunque sea trabajando de esclavo. En labores que los occidentales no quieren. Cobrando salarios misérrimos. Y que si consigue sobrevivir, se le niegue en esos países el pan y la sal. Que lo insulten, que lo detengan, que lo apaleen.

Imagínese que no le den papeles que le permitan trabajar, condenándolo a la prostitución o a la delincuencia. Que lo detienen sin cargos durante año y medio, encerrado en un campo de concentración dentro del cual no se sabe lo que pasa; sin derecho a la defensa, sin habeas corpus.

Imagínese que los mismos propietarios que sacan a pasear a sus bien alimentados perros, para que dejen sus deposiciones en parques y aceras, arman un escándalo porque la presencia de usted ensucia presuntamente las calles. Que a la primera lo deportan, aunque volver a su país sea una condena a muerte cierta.

Imagínese que a esos occidentales no les gusta su color de piel, o su acento, o sus narices. Imagínese que esos analfabestias pretenden que usted no existe. Que no quieren ni rozarlo. Y que para usted no hay libertad de circulación, ni derechos humanos, ni nada.

¡Ah! ¿Qué no puede imaginárselo? ¿Qué a usted nunca le van a pasar esas cosas, porque tiene otro color de piel o cierto carné de identidad? ¿Qué usted no es moro? Qué le vamos a hacer: yo sí que soy africano, negro, inmigrante, latino, pobre.

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