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viernes, 16 de mayo de 2008

La caza del Nimrod

Suele ocurrir. Los pequeños jefeci-llos burócratas inician la caza de el/la disidente como perros rabiosos. Si una sindicalista sufre acoso sexual por parte de su "gran jefe" sindical, debe plegarse. Lo contrario es atacar al sindicato, o al partido, o a la divinidad. Quien no se aviene a los tejemanejes de los pequeños dictadores, no es más que un trotsko-izquierdista-polpotiano.

El mundo al revés. Los pequeños empresarios defensores de medidas favorables a los intermediarios capitalistas, acusando a asalariados de "pequeño-burgueses". Jefecillos alcoholizados, acusando al discrepante de hacer la revolución en los bares de copas. Analfabetos políticos, con alergia al estudio, aconsejando con ínfulas la lectura de libros de los que no conocen sino el título. Tipos que se han marchado de otras organizaciones, pontificando que "las discrepancias hay que debatirlas en el seno del partido". Redomados mentirosos, acusando a diestro y siniestro a todos los demás de mentir.

El que se atreve a deshacerse de su "liderazgo", por muy discretamente que se aparte, pasa a ser un "faccioso", un totorota, un zarandajo, un reaccionario comunistoide fascista, el anticristo. Ni me atrevo a reproducir los epítetos que aplican cuando la disidente es mujer. Y todo en nombre de la "auténtica" revolución (pendiente, claro).

Sería para reírse si no fuera porque el chiste es ya demasiado viejo. Y porque van quemando a militantes, un@ tras otr@. Más que pequeños, enanos jefecillos burócratas. No merecen ni una línea más.

Georges Brassens canta Le Gorille

[Hagamos algo. Octavio Hernández]



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