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jueves, 22 de mayo de 2008

Ciudadanía

Aún no se vislumbra por quién se van a decidir los norteame-ricanos en noviembre –los pocos que se inscriben para votar–. Quién va a ser el Presidente de todos nosotros durante los próximos cuatro años. No es cosa baladí. Lo cierto es que las disposiciones que tome su administración afectarán más a nuestras vidas que las de cualquier otra. Y, sin embargo, no podemos participar en estos comicios. Ni siquiera podemos elegir representantes en el Congreso o en el Senado de EE.UU.

La conclusión es clara: debemos dejarnos de boberías y pedir la ciudadanía norteamericana. Solicitar directamente la anexión, vamos. Así lo real se convertiría en formal. Dejaríamos de ser cives sine suffragio y nos convertiríamos en ciudadanos plenos del Imperio. Y nada de “estados libres asociados”: simples provincias, oye, sin complicaciones. En plan Nebraska o Wisconsin. Sin problema alguno por el cambio de euros a denarios. O a dólares, ya me entienden. Así que clamemos decididamente por la ciudadanía USA.

Ya lo explicaba
Marco Aurelio: “Mi ciudad y mi patria, en tanto que Antonino, es Roma pero, en tanto que hombre, es el mundo”. Y el gobierno del mundo está en Washington.

Claro que, ya lanzados, y teniendo en cuenta donde reside verdaderamente el poder, deberíamos tener la posibilidad de votar en los consejos de administración de las empresas transnacionales. Y, en consecuencia, deberíamos aspirar a tener pasaporte de la Texas Oil o de la Bayern, de la ITT o de la British Petroleum. Sus mandamases son los nuevos dioses, omnipotentes y terribles. En sus cúpulas es donde se decide el futuro de la humanidad. Donde se ponen y quitan gobernantes y gobiernos. Donde se fija el reparto mundial de la riqueza y de la pobreza. ¡Ah! ¿Que para estar ahí hay que ser propietario? ¿Qué para ser de verdad ciudadano hay que tener miles de millones? Me escandalizan ustedes. Aunque, bien mirado, ¿no pasa igual con cualquier otra ciudadanía?

Habitantes de una colonia periférica de un país europeo de segunda fila, ¿debemos acaso aferrarnos a un pasaporte impuesto por nacimiento, por historia o por desventura? Desengañémonos: los centros de poder no son ni Santa Cruz de Tenerife, ni Madrid, ni Bruselas. Pues mis niños, puestos a poner, no seamos mindundis: seamos norteamericanos.

Green Day cantan American Idiot

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